Un Mundial para ver por televisión
Por Eduardo Arredondo
El Mundial de Futbol siempre ha sido presentado como la fiesta más grande del planeta. Una celebración que une culturas, idiomas y naciones alrededor de un balón. Sin embargo, cada vez más aficionados tienen la sensación de que esa fiesta dejó de pertenecerles.
Para millones de mexicanos, asistir a un partido del Mundial 2026 será prácticamente imposible. No porque no amen el futbol, sino porque los costos se han convertido en una barrera enorme. Entre boletos, hospedaje, transporte y alimentación, el sueño mundialista puede representar decenas de miles de pesos para una familia.
Lo que alguna vez fue una experiencia para el aficionado común hoy parece diseñada para quienes tienen un alto poder adquisitivo. Los paquetes exclusivos, las zonas VIP y los boletos premium ocupan cada vez más espacio, mientras que los seguidores de toda la vida observan desde lejos cómo el espectáculo se vuelve un producto de lujo.
La consecuencia es evidente: muchos mexicanos vivirán el Mundial desde la sala de su casa. Lo seguirán por televisión, por internet o en pantallas gigantes instaladas en plazas públicas. Celebrarán los goles con la misma pasión, pero sin la posibilidad de formar parte del ambiente dentro de los estadios.
Resulta paradójico que México sea anfitrión de una Copa del Mundo y que una gran parte de sus ciudadanos no tenga posibilidades reales de asistir. El futbol nació en las calles, en los barrios y en las colonias populares. Ahí construyó su grandeza. Sin embargo, la industria que lo rodea parece alejarse cada vez más de esa esencia.
Por supuesto, organizar un Mundial cuesta miles de millones de dólares. La seguridad, la logística y la infraestructura tienen un precio. Pero también es cierto que el futbol corre el riesgo de convertirse en un espectáculo reservado para una élite económica.
Quizá por eso el entusiasmo que se esperaba en hoteles y plataformas de hospedaje no ha sido tan grande como algunos pronosticaban. Los aficionados hacen cuentas y descubren que asistir a un partido puede costar lo mismo que unas vacaciones completas.
El Mundial llegará, los estadios se llenarán y las cámaras mostrarán una fiesta espectacular. Pero detrás de esas imágenes quedará una pregunta incómoda: ¿sigue siendo el Mundial la fiesta del pueblo o se ha convertido en un espectáculo para millonarios?
Porque cuando el precio de la pasión supera el alcance de la mayoría, el futbol deja de jugarse en la cancha de la igualdad y comienza a disputarse en la del poder económico.







