Mundial de ilusiones
Por Eduardo Arredondo
Hace meses nos vendieron la idea de que el Mundial 2026 sería una especie de mina de oro para México. Hoteles llenos, Airbnb sin habitaciones disponibles, restaurantes abarrotados y una derrama económica que parecía capaz de resolver todos los problemas del turismo nacional. Hoy, a unos días del arranque, la realidad comienza a poner los pies sobre la tierra.
Los números que presume Airbnb son impresionantes. Hablan de cientos de miles de huéspedes y ganancias extraordinarias para los anfitriones. Sin embargo, quienes están en la primera línea del negocio cuentan una historia distinta. Hoteleros y propietarios de alojamientos coinciden en algo: el boom simplemente no llegó.
La explicación parece sencilla. La ambición terminó derrotando a la lógica. Muchos elevaron sus tarifas pensando que los aficionados pagarían cualquier cantidad por hospedarse durante el torneo. Algunos departamentos triplicaron y hasta cuadruplicaron sus precios. El resultado fue predecible: los turistas buscaron alternativas o simplemente decidieron no venir.
Además, este Mundial será muy diferente a los anteriores. México albergará apenas 13 partidos repartidos entre Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. No estamos hablando de una Copa del Mundo completa organizada por un solo país, sino de una sede compartida con Estados Unidos y Canadá. Eso reduce naturalmente el impacto económico que algunos imaginaron.
También hay que reconocer que las proyecciones oficiales alimentaron expectativas difíciles de cumplir. Se habló de millones de visitantes cuando la capacidad de los estadios y la infraestructura disponible hacían imposible alcanzar esas cifras. El entusiasmo se convirtió en propaganda y la propaganda terminó chocando contra la realidad.
Lo preocupante no es que no haya turistas. Lo preocupante es que nuevamente confundimos promoción con planeación. México tiene potencial para aprovechar un escaparate mundial de esta magnitud, pero el beneficio no llegará por arte de magia ni por inflar cifras en conferencias de prensa.
Mientras algunos esperaban hacer “su agosto” en pleno junio, el mercado terminó imponiendo su ley. Los precios tuvieron que bajar y sólo entonces comenzaron a aparecer las reservaciones. Una lección elemental de economía que muchos olvidaron cuando el Mundial parecía una fuente inagotable de dinero.
Aun así, no todo está perdido. El verdadero valor de la Copa del Mundo no está únicamente en cuántas habitaciones se ocupen o cuántos dólares se gasten durante un mes. La gran oportunidad es proyectar a México ante millones de personas, atraer inversiones futuras y fortalecer la imagen de nuestros destinos turísticos.
Quizá el error fue pensar que el Mundial resolvería los problemas del sector turístico. Ningún evento deportivo puede hacerlo. Lo que sí puede hacer es abrir una ventana al mundo. La pregunta es si estaremos preparados para aprovecharla o si, una vez más, terminaremos conformándonos con las expectativas infladas y las cuentas alegres.
Porque una cosa es organizar una fiesta mundial y otra muy distinta convertirla en desarrollo económico duradero. Ahí está el verdadero partido que México todavía tiene por jugar.







