Morena descubrió en Chihuahua el tamaño real de su espejismo.
La marcha que presumieron como “histórica” terminó convertida en uno de los ridículos políticos más grandes que haya sufrido la Cuarta Transformación en el norte del país. El partido más poderoso de México, el movimiento que controla la Presidencia de la República, el Congreso, buena parte de los gobiernos estatales y una maquinaria económica y electoral prácticamente ilimitada, fue incapaz de llenar Chihuahua como lo prometió.
Y eso tiene consecuencias políticas enormes rumbo al 2027.
Porque aquí no estamos hablando de un partido pequeño ni de una fuerza improvisada. Morena movilizó recursos, operadores, estructuras, alcaldes, legisladores, servidores de la nación y toda la narrativa propagandística posible para intentar reventar políticamente a la gobernadora Maru Campos. Apostaron a construir la imagen de un pueblo levantado contra el gobierno estatal. Querían instalar la percepción de que Chihuahua ya había cambiado de dueño político.
Pero la realidad les explotó en la cara.
Prometieron 200 mil personas y apenas juntaron una pequeña fracción de eso. El golpe no es únicamente numérico; es moral, estratégico y electoral. Morena quiso vender músculo y terminó enseñando debilidad. Quiso imponer miedo político y terminó provocando burlas. Quiso exhibir al gobierno estatal y terminó exhibiéndose a sí mismo.
La derrota es todavía más vergonzosa porque Morena llegó con absolutamente todo a favor. Tiene el aparato federal, el presupuesto más grande del país, el control de programas sociales multimillonarios y una operación territorial financiada desde el poder central. Aun así, no pudieron convertir Chihuahua en una plaza de obediencia automática.
Eso debería encender todas las alarmas dentro de la 4T.
Porque el fracaso de la movilización rompe uno de los principales mitos del obradorismo: la idea de que Morena es invencible. En Chihuahua quedó demostrado que el aparato federal no necesariamente se traduce en respaldo social auténtico. Y peor aún: quedó exhibido que buena parte de la supuesta fuerza morenista depende más del poder presidencial que de una convicción ciudadana sólida.
Las excusas posteriores fueron todavía más patéticas que la propia marcha.
Culpar al gobierno estatal de bloquear carreteras para impedir el arribo de simpatizantes sólo terminó confirmando algo demoledor: necesitaban acarreados externos porque los chihuahuenses no respondieron como esperaban. El argumento fue un balazo en el pie. Morena quiso justificar el fracaso y terminó aceptando indirectamente que su “movimiento histórico” dependía de rellenar la movilización con contingentes foráneos.
Es decir, ni siquiera pudieron sostener la narrativa de una rebelión ciudadana genuina.
El rechazo que recibieron Andrés Manuel López Beltrán y Ariadna Montiel en el aeropuerto terminó agravando el desastre. Los abucheos y el ambiente hostil reflejan una realidad incómoda para Morena: el apellido López ya no provoca la obediencia automática que generaba hace algunos años y el desgaste del oficialismo empieza a sentirse incluso en territorios donde suponían crecimiento asegurado.
Chihuahua les mandó un mensaje durísimo: el norte no se doblega tan fácilmente al centralismo político.
Y si alguien salió particularmente golpeado de este episodio son los aspirantes morenistas rumbo al 2027: Cruz Pérez Cuéllar y Andrea Chávez.
Ellos vendieron la expectativa. Ellos inflaron las cifras. Ellos prometieron la movilización gigantesca. Y ellos terminaron cargando el costo del fracaso.
Para Cruz Pérez Cuéllar, el episodio destruye parte de la imagen que había construido como gran operador político de Morena en Chihuahua. Porque una cosa es administrar Ciudad Juárez y otra demostrar capacidad real para mover políticamente al estado entero. La marcha exhibió límites evidentes en su alcance territorial y dejó dudas serias sobre su capacidad de enfrentar una elección estatal competitiva.
En el caso de Andrea Chávez, el golpe puede ser todavía más profundo. La senadora apostó todo a la confrontación permanente, al protagonismo mediático y a la narrativa de una ola guinda imparable. Pero las campañas no se ganan únicamente en TikTok, entrevistas o redes sociales. Se ganan con estructura, credibilidad y conexión social verdadera. Y Chihuahua acaba de demostrar que el fenómeno digital no necesariamente existe en las calles.
Morena quedó atrapado en su propia soberbia.
Creyeron que el poder federal bastaba para intimidar políticamente a Chihuahua. Creyeron que podían importar operadores, propaganda y presión mediática para fabricar una percepción de dominio total. Creyeron que el estado ya estaba rendido ante la 4T.
Y se equivocaron.
Lo ocurrido altera por completo el escenario rumbo al 2027. Porque el fracaso de la marcha fortalece políticamente al PAN y le devuelve oxígeno a Maru Campos en un momento donde Morena pretendía mostrarla debilitada. La narrativa cambió por completo: en vez de un gobierno acorralado, quedó la imagen de una oposición incapaz de cumplir siquiera sus propias metas.
La marcha terminó convirtiéndose en una metáfora brutal del momento que vive Morena en Chihuahua: mucho aparato, mucho dinero, mucha propaganda… pero mucho menos respaldo real del que presumen.
Y eso, de cara al 2027, puede convertirse en el inicio de una fractura política mucho más profunda para la 4T en el estado.





