Entre el “Rait” y la soberanía: El laberinto de César Jáuregui
Lo que comenzó como un trágico accidente en las sinuosas carreteras del Triángulo Dorado se ha transformado, en menos de 72 horas, en un escándalo diplomático y de seguridad nacional que tiene al fiscal de Chihuahua, César Jáuregui, atrapado en un laberinto de contradicciones que ni él mismo parece descifrar.
La narrativa oficial de la Fiscalía General del Estado ha pasado por tantas versiones que ya raya en lo inverosímil. Primero, el silencio: se omitió la presencia de extranjeros en el vehículo donde falleció el director de la AEI, Pedro Román Oseguera. Después, la mutación: los acompañantes eran “instructores”. Y finalmente, la explicación que insulta la lógica de cualquier operativo de alto impacto: que los agentes estadounidenses simplemente “pidieron rait”.
¿Desde cuándo la sierra Tarahumara se convirtió en una ruta de transporte compartido para agentes extranjeros en medio de la desarticulación del narcolaboratorio más grande detectado en México?
Las fisuras del discurso
La versión del “aventón” se desploma por su propio peso. Fuentes internas y testigos presenciales en el municipio de Morelos comienzan a desmentir la tesis del accidente, sugiriendo una agresión directa. Pero más allá de la causa de muerte, el fondo es político y legal. Mientras Jáuregui insiste en que los estadounidenses no participaron en el operativo, el embajador Ronald Johnson lanzó un mensaje con un tono que, tras el barniz diplomático, reconoce la labor de los fallecidos en el “combate a desafíos de seguridad”. No suena a una despedida para instructores de aula, sino para operativos de campo.
El choque con Palacio Nacional
El fiscal no solo tiene un problema de credibilidad en Chihuahua; ahora tiene un frente abierto con la presidenta de la República. Claudia Sheinbaum fue tajante en su “mañanera”: ni había conocimiento federal, ni se permiten operaciones conjuntas en tierra.
Al señalar una posible violación a la Ley de Seguridad Nacional, la presidenta ha puesto a la administración estatal contra las cuerdas. La Constitución es clara: la relación de seguridad con Washington es de carácter federal. Si la Fiscalía de Chihuahua permitió que presuntos agentes de la DEA operaran en territorio estatal sin el aval de la Federación, no solo hubo una omisión informativa, sino un desacato a la soberanía nacional.
¿Colaboración o insubordinación?
La insistencia de Jáuregui en decir que el Gobierno Federal estaba al tanto ha sido desmentida desde el más alto nivel. Esto deja al Fiscal en una posición sumamente vulnerable. Si fueron agentes operativos —como todo indica— y no “maestros” buscando transporte, ¿quién autorizó su despliegue?
El caso Morelos no es solo una tragedia humana; es el reflejo de una política de seguridad estatal que parece jugar por su cuenta, ignorando los protocolos nacionales y arriesgando la estabilidad diplomática por una foto de un laboratorio asegurado.
Hoy, la pregunta en los pasillos del poder no es solo qué pasó en esa curva de la sierra, sino cuánto más podrá sostener el Fiscal una versión que se deshace entre los dedos. En política, las contradicciones se pagan caro, y cuando involucran a la DEA y a la soberanía, el costo suele ser la renuncia o el juicio.






