La oposición frente a su realidad: el error de pensar que 2027 se ganará solo
La declaración del diputado panista Carlos Olson, en el sentido de que Acción Nacional debe competir sin alianzas en 2027, parece responder más a una aspiración ideológica que a la realidad política que vive México.
Hoy el escenario es completamente distinto al de hace una década. Morena no solo gobierna la Presidencia de la República y la mayoría de las entidades federativas; también ha construido una estructura electoral respaldada por una presencia territorial permanente y por una política social de enorme alcance, con programas que representan uno de los mayores componentes del gasto público federal y que mantienen contacto directo con millones de beneficiarios.
Frente a esa realidad, pensar que un partido de oposición puede competir en solitario parece una apuesta de alto riesgo.
Los resultados recientes en Coahuila son una señal de alerta. El PAN sufrió una derrota severa al obtener una votación marginal que incluso le costó el registro local. Más que un accidente electoral, el resultado exhibe la pérdida de competitividad de una oposición fragmentada que no ha logrado construir un proyecto nacional convincente.
Paradójicamente, dentro del propio PAN existen voces que parecen entender mejor el momento político. La dirigente estatal Daniela Álvarez ha reconocido la posibilidad de construir alianzas, mientras que Marco Bonilla ha insistido en que sumar fuerzas puede fortalecer el proyecto opositor. Sus constantes acercamientos con liderazgos de otros partidos en municipios estratégicos de Chihuahua revelan una lectura pragmática de la realidad electoral.
La política no se gana con deseos, sino con matemáticas electorales. Y esas matemáticas indican que dividir el voto opositor beneficia, en la mayoría de los casos, al partido que hoy ocupa la posición dominante.
Existe además otro error estratégico dentro de algunos sectores de la oposición: esperar que factores externos modifiquen el equilibrio político interno del país. En ciertos espacios se ha instalado la idea de que las investigaciones o decisiones de autoridades estadounidenses en materia de combate al narcotráfico podrían alterar el panorama político mexicano o debilitar al oficialismo.
Sin embargo, la historia demuestra que los cambios políticos en México los determinan, en última instancia, los ciudadanos en las urnas. Ningún gobierno extranjero resolverá los problemas de la oposición mexicana ni sustituirá la construcción de liderazgos, estructuras territoriales, propuestas atractivas y una narrativa capaz de conectar con el electorado.
La apuesta por esperar un acontecimiento externo puede convertirse en una estrategia de inmovilidad. Mientras algunos confían en que un cambio geopolítico altere el tablero, Morena continúa organizando su estructura, fortaleciendo su presencia territorial y preparando la siguiente elección.
El verdadero desafío para la oposición no es decidir si las alianzas son moralmente correctas o políticamente incómodas. El reto consiste en reconocer que enfrenta una competencia profundamente desigual y que solo una estrategia de unidad, acompañada de un proyecto claro y liderazgos competitivos, podría equilibrar la contienda.
Si el PAN y el resto de la oposición insisten en privilegiar diferencias internas sobre la construcción de una alternativa común, el proceso electoral de 2027 podría convertirse en la confirmación de una tendencia que hoy parece consolidarse: la hegemonía política de Morena no por la ausencia de adversarios, sino por la incapacidad de estos para entender la magnitud del desafío que tienen enfrente.






