LA SIERRA SE VACÍA: EL DESPLAZAMIENTO FORZADO, LA LLAGA QUE CHIHUAHUA NO HA PODIDO CERRAR
Por Eduardo Arredondo
Chihuahua.— Hay heridas que no aparecen en los partes policiacos.
No llevan número de carpeta, no tienen fotografía de escena del crimen y muchas veces ni siquiera ocupan los primeros espacios de las noticias.
Pero existen.
Y una de ellas tiene nombre: desplazamiento forzado.
El vicario general de la Diócesis de la Tarahumara, Héctor Fernando Martínez Espinoza, puso el dedo sobre una de las heridas más dolorosas de Chihuahua al advertir que familias enteras están abandonando sus comunidades por la violencia.
Y aquí comienza lo verdaderamente grave.
Porque cuando una familia abandona su casa, no solamente deja cuatro paredes.
Deja su tierra.
Deja sus animales.
Deja sus recuerdos.
Deja su escuela.
Deja sus fiestas.
Deja su comunidad.
Y muchas veces deja también la esperanza de regresar.
NO SE VAN: LOS EXPULSAN
Esa es la diferencia que las autoridades no deberían olvidar.
Una persona que decide cambiar de ciudad por voluntad propia está buscando una oportunidad.
Una familia que sale huyendo porque teme por su vida está escapando.
No se van. Los expulsan.
Y cuando detrás de esa expulsión existen grupos criminales que buscan controlar territorios, estamos frente a un problema que rebasa cualquier estadística de seguridad.
Estamos hablando de comunidades enteras que pierden el derecho elemental de vivir en su propia tierra.
El sacerdote lo resumió con una frase que debería retumbar en todos los escritorios del poder:
“El desplazamiento es la llaga más dolorosa”.
Y quizá lo más doloroso es que esa llaga lleva años abierta.
GUADALUPE Y CALVO, UNA ALERTA QUE NO DEBE IGNORARSE
Entre las regiones señaladas como uno de los principales focos de desplazamiento aparece Guadalupe y Calvo.
Ahí, comunidades han vivido episodios de violencia que han obligado a familias a abandonar sus hogares y buscar refugio en otros municipios.
Llegan a Guachochi, Parral, Delicias o Chihuahua.
Pero llegar no significa estar a salvo.
Porque después de escapar viene otra batalla.
¿Dónde dormirán?
¿De qué vivirán?
¿Dónde estudiarán sus hijos?
¿Quién recuperará sus tierras?
¿Quién reparará el daño psicológico?
Y, sobre todo:
¿Quién les garantizará que no volverán a ser víctimas?
EL ERROR DE PENSAR QUE CON SACARLOS BASTA
Aquí está uno de los grandes pendientes.
El Estado puede ayudar a sacar a una familia de una zona de riesgo.
Puede proporcionar un traslado.
Puede abrir temporalmente una puerta.
Pero si después esa familia queda abandonada, el problema simplemente cambia de lugar.
El vicario fue contundente:
“Creo que ha fallado el acompañamiento a los desplazados”.
Y ahí está el verdadero reclamo.
No basta con rescatar personas.
Hay que reconstruir vidas.
Porque una familia desplazada no necesita únicamente comida durante algunos días.
Necesita vivienda, empleo, escuela, atención médica, seguridad y acompañamiento psicológico.
Necesita volver a sentir que tiene futuro.
LOS QUE LLEGAN, LLEGAN HERIDOS
Hay otra parte de esta tragedia que pocas veces se cuenta.
Las familias no siempre llegan sanas.
Llegan cansadas.
Enfermas.
Desnutridas.
Traumatizadas.
El sacerdote relató una realidad estremecedora:
“Cuando recibimos a las personas en desplazamiento forzado interno todos llegan enfermos”.
Y entonces surge otra pregunta incómoda:
¿Quién atiende las heridas que no se ven?
Porque un niño que abandona su comunidad por miedo no solamente pierde su casa.
Pierde su mundo.
Una mujer que deja su tierra atrás no solamente pierde una propiedad.
Pierde una parte de su historia.
Y un adulto mayor que abandona el lugar donde nació puede estar dejando atrás todo aquello que conoció durante su vida.
LA SOCIEDAD CIVIL NO PUEDE SER EL ESTADO
Religiosas, sacerdotes, organizaciones sociales y ciudadanos han hecho lo que muchas veces pueden: abrir puertas, repartir alimentos, conseguir ropa, ofrecer alojamiento y acompañar a las familias.
Pero hay un límite.
La solidaridad no puede sustituir a las instituciones.
La Iglesia puede acompañar.
La sociedad puede ayudar.
Las organizaciones pueden resistir.
Pero corresponde al Estado garantizar derechos.
Y por eso resulta tan importante la exigencia de presupuesto específico.
Porque si el desplazamiento forzado es una realidad, entonces debe tener una respuesta institucional permanente.
No solamente apoyos emergentes.
No solamente discursos.
No solamente estadísticas.
LA PREGUNTA QUE INCOMODA
Chihuahua puede presumir avances en materia de seguridad.
Puede hablar de operativos.
Puede anunciar patrullajes.
Puede presentar resultados.
Pero mientras una familia tenga que abandonar su comunidad para salvar la vida, hay algo que todavía no está funcionando.
Y esa es la parte que nadie debería maquillar.
Porque un territorio controlado por la delincuencia no se mide solamente por los delitos cometidos.
También se mide por las familias que ya no están.
Por las escuelas que se quedan vacías.
Por las casas abandonadas.
Por las tierras sin dueño.
Por las comunidades que poco a poco desaparecen.
LA SIERRA NO PUEDE QUEDARSE SOLA
La Sierra Tarahumara no necesita únicamente presencia policiaca.
Necesita Estado.
Necesita justicia.
Necesita caminos, escuelas, salud, oportunidades y seguridad.
Necesita que sus habitantes puedan permanecer en sus comunidades sin tener que decidir entre abandonar su patrimonio o arriesgar la vida.
Porque cuando una familia huye, el problema no termina.
El problema viaja con ella.
Llega a Chihuahua capital.
Llega a Parral.
Llega a Delicias.
Llega a Guachochi.
Llega a cualquier lugar donde una familia desplazada intenta comenzar nuevamente.
Y mientras tanto, en la Sierra queda el silencio.
Un silencio que debería preocuparnos más que cualquier discurso.
Porque detrás de cada casa abandonada puede existir una historia de miedo.
Y detrás de cada familia desplazada, una pregunta que Chihuahua todavía no ha respondido:
¿Cuándo podrán volver a vivir en su tierra sin tener que pedir permiso para sobrevivir?
La Sierra no se está vaciando por voluntad. La están vaciando.
Y esa, quizá, sea la denuncia más dolorosa de todas.
Eduardo Arredondo







