El costo político de desaparecer: no fueron 12 días, fue la percepción
Por Eduardo Arredondo
La crítica no nació únicamente por los días de ausencia de la gobernadora.
Nació por el vacío político que dejó esa ausencia.
En política, doce días pueden no significar nada en términos administrativos. Un gobierno sigue operando, hay secretarios, estructuras y responsabilidades institucionales. Pero en percepción pública, doce días pueden convertirse en una eternidad.
Y ahí estuvo el problema.
No fue solamente dónde estaba o por qué estaba fuera. Fue que durante ese tiempo se abrió espacio para preguntas que nadie respondió con suficiente rapidez ni claridad.
Cuando un gobernante se ausenta y la comunicación falla, otros llenan el silencio.
La oposición instala la narrativa de desconexión.
Los ciudadanos empiezan a preguntarse si el gobierno sigue al mando.
Y el equipo oficial entra tarde a explicar algo que debió comunicar desde el primer día.
Más aún cuando el contexto del estado sigue cargado de temas sensibles: seguridad, presión económica, obra pública y disputas políticas rumbo a la sucesión.
Por eso la crítica creció.
Porque en el imaginario ciudadano apareció una idea incómoda: mientras el estado seguía con problemas cotidianos, la figura que representa el liderazgo político parecía fuera de escena.
Quizá administrativamente no cambió nada.
Políticamente cambió mucho.
Porque el poder no solo consiste en gobernar.
También consiste en estar.
Y cuando una gobernadora reaparece diciendo que el último año “pinta muy bien”, inevitablemente aparece una pregunta que parte de la opinión pública ya trae instalada:
Si había tanto por hacer, ¿por qué la sensación fue de ausencia?
En política el vacío nunca dura mucho.
Siempre alguien lo ocupa.







