Cinco razones por las que los vuelos espaciales tripulados son hoy un desafío mayor que en la era del Apolo
El 12 de septiembre de 1962, el presidente John F. Kennedy declaró célebremente que Estados Unidos iría a la Luna “y lo haría primero, antes de que termine esta década”.
“Elegimos ir a la Luna en esta década y hacer otras cosas”, dijo Kennedy, “no porque sean fáciles, sino porque son difíciles”.
Y Estados Unidos cumplió. Menos de siete años después, el 20 de julio de 1969, Neil Armstrong y Buzz Aldrin descendieron de su módulo y dejaron las primeras huellas de la humanidad en la superficie lunar.
Hoy, ese ritmo de progreso podría parecer imposible. El 1 de abril, la NASA tiene previsto lanzar Artemis II, el primer vuelo espacial tripulado estadounidense hacia la Luna en más de medio siglo. Su misión es clara: enviar a cuatro astronautas alrededor de la Luna y de regreso en 10 días.
Pero la misión de Artemis II también resulta… familiar. En 1968, tres astronautas del Apolo 8 orbitaron la Luna sin aterrizar y luego regresaron a la Tierra.
En otras palabras, la NASA ya logró una versión de Artemis II hace casi 60 años, y lo hizo sin los prolongados retrasos que han afectado a esta misión (que inicialmente estaba programada para despegar y luego se ha pospuesto casi cada año desde 2021).
¿Cómo puede ser tan difícil volver a la Luna si ya lo hicimos antes? Estas son cinco razones por las que los vuelos espaciales tripulados representan hoy un desafío tan grande.
Falta de continuidad
La última vez que los seres humanos pisaron la Luna fue en 1972, con la misión Apolo 17. También fue la última misión tripulada más allá de la órbita baja terrestre, punto final. Incluso los alunizajes no tripulados dejaron de ser prioritarios poco después: pasaron más de 35 años entre un aterrizaje robótico exitoso en la superficie lunar (la misión soviética Luna 24 en 1976) y el siguiente (la misión china Chang’e 3 en 2013)
“Hubo décadas en las que no se desarrollaban módulos de aterrizaje”, explicó un experto a The Guardian en 2024. “No es una tecnología tan común como para que puedas aprender fácilmente de otros”.
Resulta que retomar la exploración espacial tripulada tras una pausa de varias décadas es complicado, especialmente cuando hay que integrar nuevas tecnologías complejas con otras más antiguas.
“Nos detuvimos y luego lo olvidamos”, dijo recientemente a Scientific American Scott Pace, director del Instituto de Política Espacial de la Universidad George Washington. Haber corrido un maratón olímpico hace 50 años, añadió, no significa que puedas hacerlo de nuevo mañana.

(Steve Nesius/Reuters)
Ambición
A pesar de algunas similitudes superficiales, el programa Artemis no es realmente una segunda parte de Apolo. Apolo buscaba llevar personas (de forma breve) a la Luna. Artemis aspira a establecer una base permanente allí, una base que los astronautas puedan utilizar más adelante como punto de partida para viajar a Marte.
Se trata de un objetivo mucho más ambicioso, y define cada aspecto de Artemis: el cohete Sistema de Lanzamiento Espacial (SLS), que impulsa a los astronautas más allá de la atmósfera terrestre; la nave Orion, en la que los cuatro tripulantes pueden permanecer hasta 21 días; trajes espaciales de nueva generación, separados para el lanzamiento y el regreso, así como para la exploración en la superficie lunar; módulos robóticos transportados en cohetes comerciales que llevan equipo a la propia Luna; y, finalmente, el sistema reutilizable de cohete y módulo de alunizaje humano —ya sea Starship de SpaceX o Blue Moon de Blue Origin— que eventualmente orbitará la Luna y se acoplará con Orion antes de transportar a la tripulación de Artemis hacia y desde la superficie.
En resumen, hoy hay más elementos en juego que en la década de 1960, lo que implica también más posibles retrasos.
Motivación
En la década de 1960, Estados Unidos competía con la Unión Soviética en una carrera espacial de carácter existencial. La lógica predominante de la Guerra Fría dictaba que la superpotencia que llegara primero a la Luna reforzaría su dominio militar y proyectaría el tipo de poder blando capaz de influir en los países recién independizados para que optaran por la democracia en lugar del comunismo.
Existe cierta claridad en una competencia directa entre dos rivales, y Estados Unidos se movilizó rápidamente para vencer a los soviéticos en la carrera hacia la Luna. Hoy, esa claridad ha desaparecido. En su lugar hay un objetivo más difuso, y menos urgente: la cooperación internacional en nombre del descubrimiento científico. Japón, Canadá, Emiratos Árabes Unidos y la Agencia Espacial Europea colaboran actualmente con Estados Unidos en el programa Artemis.
Como resultado, los planes espaciales de un presidente suelen ser cancelados por el siguiente, solo para resurgir después bajo otra forma, mientras los retrasos se acumulan a medida que los países realizan el complejo trabajo de coordinarse sobre el futuro de la exploración espacial y aportar los equipos al proyecto.
Dinero
Entre 2012 y 2025, Estados Unidos gastó aproximadamente 93,000 millones de dólares en el programa Artemis. Se espera que el gasto total supere los 105,000 millones de dólares para 2028, el año en que los primeros astronautas de Artemis deberían descender en la Luna.
No es una cifra menor. Pero el programa Apolo costó más de tres veces esa cantidad: unos 320,000 millones de dólares actuales, según la Sociedad Planetaria. Asimismo, cerca del 4% del presupuesto federal se destinaba a la NASA durante la era Apolo. Hoy, la agencia espacial tiene suerte si recibe el 1%.
Los expertos señalan que este cambio es razonable. “No hay motivo para gastar dinero como si se tratara de una guerra”, dijo a Scientific American John Logsdon, profesor emérito de la Universidad George Washington y fundador del Instituto de Política Espacial. “En este momento no existe un interés nacional ni político que justifique ese tipo de movilización”.
Pero, razonable o no, una menor financiación casi siempre implica un progreso más lento.

(Joe Raedle/Getty Images)
Seguridad
Dada la naturaleza científica y colaborativa de las actuales misiones lunares —sin mencionar todos los avances en modelado computacional desde la década de 1960— sería irresponsable que la NASA no considerara todas las posibles implicaciones de seguridad de Artemis, tanto para los propios astronautas como para el entorno en general.
Esto no ocurría del todo durante la era del Apolo. En aquel entonces, pilotos de combate audaces eran convertidos en astronautas y enviados al espacio de una forma muy similar a como antes eran desplegados en la guerra: con la conciencia de que estaban haciendo algo extremadamente peligroso. El riesgo valía la pena por la recompensa, es decir, ganar la carrera espacial.
Hoy, en cambio, los ingenieros pueden realizar simulaciones detalladas sobre los materiales de Orion y las condiciones a las que estará sometida la cápsula, incluidas altas temperaturas y fuerzas intensas de aceleración, y eso es exactamente lo que han estado haciendo durante años.
Aun así, Artemis I, una misión no tripulada que orbitó la Luna y fue lanzada en 2022, demostró que el escudo térmico de Orion se degradó de forma distinta a lo previsto; que los pernos de la nave experimentaron “derretimiento y erosión inesperados”; y que el sistema de energía presentó anomalías que podrían poner en riesgo a la futura tripulación.
Tomó tiempo que la NASA resolviera estos problemas, y del mismo modo llevará tiempo abordar cualquier falla que surja, por ejemplo, en los sistemas de soporte vital de Orion durante su primera misión tripulada. Construir infraestructura en la Tierra es hoy más lento y costoso que en la década de 1960; lo mismo ocurre con la exploración del espacio.
Algunos sostienen que vale la pena. “Para Artemis, contar con un sistema de cohetes más robusto, escuchar distintas opiniones, mantener a las personas más seguras y trabajar con socios globales probablemente sea mejor para este mundo, aunque no se traduzca en rapidez” en el espacio, concluyó Scientific American en un reportaje reciente sobre el tema.
Dicho de otro modo: al menos la NASA sigue haciendo cosas difíciles, aunque ahora sean (mucho) más difíciles.
Artículo escrito en inglés originalmente por Andrew Romano.







