Jorge Gracia Ibáñez, Universidad San Jorge
En 1997, Ana Orantes apareció en un programa de televisión andaluz para relatar toda una vida de maltrato a manos de su marido. Pocos días después de su desgarrador testimonio, fue brutalmente asesinada por su agresor. Su caso provocó una profunda reflexión sobre la violencia de género en España, que derivó en importantes reformas legislativas.
Ana Orantes falleció a los 60 años, siendo una anciana que había sufrido violencia y maltrato durante 40 años. Sin embargo, hoy en día, a pesar del impacto de su caso, las víctimas mayores de violencia de género siguen marginadas, hasta el punto de ser prácticamente invisibles. No encajan en el estereotipo social de víctima, que solemos asociar con una mujer joven, a menudo con hijos pequeños a su cargo.
Si bien la violencia de género afecta a mujeres de todas las edades y condiciones sociales, no todas las víctimas se encuentran en las mismas circunstancias. Y para que cualquier intervención sea eficaz, debe tener en cuenta esta compleja realidad.
Historia y dependencia
El maltrato de género contra las personas mayores suele combinar dos realidades: la violencia doméstica que se remonta a años o décadas, y el maltrato a las personas mayores asociado a la dependencia y el cuidado, a menudo en forma de negligencia o maltrato psicológico.
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El edadismo se refiere a la forma en que pensamos, sentimos y actuamos hacia las personas en función de su edad. Puede manifestarse en diversos ámbitos: dentro de las instituciones, por ejemplo, mediante normas o prácticas que discriminan por motivos de edad; en las relaciones interpersonales; o incluso de forma autoinfligida, cuando una persona mayor interioriza estereotipos sobre sí misma.
La violencia de género y el edadismo son fenómenos distintos pero relacionados. Ambos tienen su raíz en prejuicios profundamente arraigados sobre el género y la edad. En el caso de las mujeres mayores, ciertos estereotipos —como su rol de cuidadoras, su dependencia económica respecto a sus esposos o la idea de que la fragilidad es una característica inherente a la vejez— pueden contribuir a ocultar la violencia que sufren. Esto, a su vez, les impide acceder a la ayuda necesaria para escapar de una relación abusiva.
Intervención adecuada
Este es un ámbito que aún requiere más investigación. Es especialmente necesario contar con datos fiables sobre cuántas mujeres sufren este tipo de violencia, así como sobre su estado de salud, sus necesidades de atención, su situación económica y sus circunstancias familiares.
Asimismo, es importante desarrollar recursos específicos que tengan en cuenta su edad y otras circunstancias. Esto puede lograrse, por ejemplo, adaptando los centros de acogida para mujeres a las necesidades de las mujeres mayores, o creando plazas de emergencia en residencias públicas para aquellas que han sufrido abusos y requieren cuidados.
Las campañas de sensibilización y prevención también deben incluir a las mujeres mayores y llegar a los lugares que frecuentan, como centros de día, grupos comunitarios o residencias. Además, simplificar los trámites administrativos —mediante un lenguaje claro y una menor dependencia de herramientas digitales— puede facilitar considerablemente el acceso a los recursos.
A muchas mujeres mayores también les resulta difícil acceder al sistema judicial o a los servicios de apoyo, donde los procedimientos pueden ser largos y complejos.
Por último, es necesario formar a los profesionales para que puedan abordar estos casos de manera adecuada. No todas las víctimas son iguales, por lo que el apoyo que reciban debe tener en cuenta estas diferencias.







