Pablo López Rioboo
La tarde del 16 de abril de 2026 quedará ya inscrita con letras de oro en la historia del coso hispalense. No fue una tarde cualquiera: fue de esas en las que el tiempo parece detenerse y el toreo alcanza una dimensión casi irrepetible, capaz de trascender lo meramente artístico para instalarse en la memoria colectiva de una ciudad que vive y siente el toro como pocas, por la idiosincrasia que define a este punto del sur de nuestra piel de toro.
El cartel reunía a Morante de la Puebla —en su segunda comparecencia del abono—, Juan Ortega y Víctor Hernández, en lo que suponía, además, el debut ganadero de Álvaro Núñez en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla al frente de su nuevo proyecto, asentado entre Portugal y Cádiz. Una cita marcada en rojo por el aficionado, que respondía a la expectación generada por una corrida armónica, en tipo y sin exageraciones.
Saltaron al ruedo “Nenito”, “Campiñero”, “Aguaclara”, “Colchonero” —hermano de aquel astado del natural interminable de Talavante en su primera Puerta del Príncipe en esta plaza—, “Barredor” y “Trampero”. Un encierro con el denominador común de la clase, destacando especialmente los lidiados en segundo, tercero y cuarto lugar.
El cartel, concebido por y para el aficionado, aunaba una figura consagrada, un torero fijo en ferias y citas de relumbrón, y un joven que venía llamando con fuerza a las puertas de este tipo de plazas y combinaciones. Víctor Hernández cayó de pie en su debut, cortando una oreja del primero de su lote tras una labor sustentada en la mano izquierda; mientras que Juan Ortega firmó una interesante faena al segundo, a la que únicamente un bajonazo privó del trofeo.
Pero la tarde tuvo un nombre propio: Morante de la Puebla. El cigarrero cuajó una obra coral y total, una actuación sin fisuras de principio a fin: capote, banderillas y muleta. Solo la espada le negó el rabo de una actuación que, sin exageración, puede considerarse la más completa de su trayectoria en este coso. No fue únicamente su toreo en el último tercio —de por sí sublime—, sino todo lo que ocurrió antes: un ejercicio de tauromaquia integral que pareció transportarnos al Siglo de Oro. Morante resucitó a Gallito en una tarde que ha traspasado fronteras gracias a su retransmisión a través de OneToro.
Sin embargo, su grandeza no radicó únicamente en lo que hizo, sino en cómo lo hizo. Tras tomar los palitroques, pidió una silla para ejecutar el último par de banderillas. Fue Marcos Núñez, desde el palco de ganaderos ubicado en el tendido 2, quien se la facilitó. El par al quiebro resultó antológico. A diferencia de otras ocasiones —como en El Puerto o Nimes—, la silla era plegable, con el riesgo añadido que ello conllevaba: un mal apoyo podría haber terminado en caída.

La silla permaneció en el ruedo, testigo mudo de la hazaña. Y Morante, consciente del momento, volvió a ella para iniciar la faena de muleta sentado, con unos ayudados por alto que fueron pura delicia. Aquella primera serie partió la plaza en dos. Ni siquiera las embestidas de “Colchonero” hacia este elemento sorpresa, llegado desde el tendido, lograron alterar el equilibrio de la escena. La silla, intacta, regresó después al callejón.
¿Quién se quedó con la silla de Morante?
Pero la historia no terminó ahí. ¿Quién se quedó con ella? ¿Volvió a manos de Marcos Núñez? ¿La reclamó el propio Morante? Nada de eso. La silla cambió de dueño y fue a parar a José María Garzón, empresario que debutaba este año al frente del coso maestrante y principal artífice del regreso del torero de La Puebla a los ruedos. Un empresario que, más que feliz, se mostraba exultante por todo lo vivido esa tarde en el coso del Baratillo.
A la salida del festejo, mientras Morante de la Puebla era izado a hombros y se intentaba su salida por la Puerta del Príncipe, Garzón confirmaba a este medio que era él el propietario de una silla que ya es pieza de coleccionista: “Me la he quedado yo, al igual que un macho del traje de José Antonio”. Queda para la intrahistoria si fue un gesto del torero o cuestión de rapidez y oportunidad por parte de un empresario henchido de gozo tras una tarde histórica.
Horas después de la finalización de la corrida, Sevilla sigue anestesiada. Aún resuenan los ecos de una tarde que ha traspasado lo taurino para convertirse en acontecimiento. Los aficionados difícilmente olvidarán este 16 de abril de 2026. Hoy toma el relevo otro cartel de máxima expectación, con Talavante, Roca Rey y Pablo Aguado, frente a reses de Domingo Hernández. Ojalá el tsunami vivido no eclipse una cita que, sobre el papel, es una de las más importantes del abono. Aunque ya lo advierte el refrán: “Días de mucho… vísperas de nada”.








