Embajador o virrey
Por Eduardo Arredondo
A veces da la impresión de que algunos funcionarios de Estados Unidos siguen creyendo que México es el patio trasero donde pueden opinar, sugerir y hasta regañar sin consecuencia alguna. Por eso la respuesta de Claudia Sheinbaum al embajador Ronald Johnson no sólo fue necesaria, fue obligada.
Una cosa es la cooperación en seguridad y otra muy distinta la intromisión disfrazada de preocupación. Los embajadores representan a sus países; no están acreditados para convertirse en árbitros de la política interna de la nación que los recibe. Cuando olvidan esa diferencia, dejan de actuar como diplomáticos y empiezan a comportarse como virreyes.
México tiene problemas graves, sí. La violencia del crimen organizado es uno de ellos. Pero ninguna nación puede defender su soberanía si permite que voces extranjeras marquen la ruta de sus decisiones internas. La historia está llena de episodios donde los “consejos” de Washington terminan pareciéndose demasiado a las órdenes.
Sheinbaum hizo lo correcto al recordar un principio elemental: los asuntos de México corresponden exclusivamente a los mexicanos. No es un acto de confrontación; es una exigencia de respeto. Porque la relación bilateral más importante del continente no puede construirse sobre insinuaciones, tutelajes ni mensajes que rebasen los límites diplomáticos.
Si Estados Unidos quiere colaboración, la tendrá. Si busca coordinación, también. Pero si algunos de sus representantes confunden la embajada con una oficina de supervisión política, encontrarán una respuesta que debería ser obvia: México es una nación soberana, no una sucursal. Y eso, aunque a algunos n. Pero si algunos de sus representantes confunden la embajada con una oficina de supervisión política, encontrarán una respuesta que debería ser obvia: México es una nación soberana, no una sucursal. Y eso, aunque a algunos les incomode, sigue sin estar sujeto a negociación.







