El evento que no es evento: la prueba de fuego en Morena
Por Eduardo Arredondo | 16 de abril de 2026
Que no se engañe nadie. Lo del sábado en la Plaza de la Mexicanidad no es una “fiesta”, ni un simple encuentro ciudadano con música norteña y antojitos. Es, en los hechos, un acto de poder. Una demostración de músculo político en su estado más puro: gente, territorio y narrativa.
Porque en Morena —aunque se insista en negarlo— la competencia interna ya está desatada. Y ahí, sin matices, se están midiendo dos proyectos: el de Cruz Pérez Cuéllar y el de Andrea Chávez. No se disputan un cargo menor, sino el control político del estado bajo la figura disfrazada de “Coordinación de los Comités de Defensa de la Cuarta Transformación”. Dicho en español claro: la antesala de la candidatura.
El objetivo del evento es brutalmente simple: llenar la plaza. Reventarla. Que no quepa un alma. Porque en política, la aritmética es clara: el que moviliza más, pesa más. Y el que pesa más, decide.
Cruz lo sabe. Por eso intenta repetir —y superar— lo logrado en Chihuahua capital semanas atrás. Pero esta vez no basta con convocar: necesita arrasar. Necesita que la imagen final no deje dudas, que la fotografía hable por sí sola y que en la mesa de decisiones alguien diga lo inevitable: “ahí está el que mueve”.
Pero cuidado. Porque estos eventos también son armas de doble filo. Si la plaza no responde como se promete, el efecto es inverso. La ausencia pesa más que cualquier discurso. El vacío no se justifica. Se paga.
Y luego está el simbolismo, que en política nunca es casual. Todo ocurre frente a la “X” monumental, obra de Enrique Carbajal González. Una equis que, para quien quiera verla sin ingenuidad, también es una cruz. Hierro, fondo, narrativa. Todo alineado. Todo calculado. Todo comunicado.
Mientras tanto, el discurso oficial hablará de unidad, de transformación, de pueblo. Pero abajo, en la operación real, lo que se está jugando es otra cosa: control, estructura y futuro. Morena no está en campaña… pero actúa como si lo estuviera
Y en paralelo, otro frente donde la narrativa también está en disputa.
La inclusión de Claudia Sheinbaum en la lista de las 100 personas más influyentes de Time no es un reconocimiento decorativo. Es un mensaje político internacional. Y como todo mensaje de ese calibre, incomoda.
Incomoda porque rompe el guion del desastre permanente que algunos sectores han intentado instalar. Incomoda porque llega en medio del tema más sensible: la seguridad. E incomoda porque viene desde afuera, donde la lectura suele ser más fría y menos pasional.
El análisis de Ioan Grillo no es menor: reconoce capacidad de maniobra, control político y manejo de presiones externas. En particular, frente a un actor incómodo pero inevitable como Donald Trump.
Aquí no hubo gritos ni bravatas. Hubo cálculo. Y en política, el cálculo bien ejecutado pesa más que cualquier arrebato.
A eso se suma el golpe al crimen organizado con la caída de Nemesio Oseguera Cervantes. Un mensaje directo: el Estado puede, cuando decide, intervenir con fuerza. ¿La reacción? Violenta, como siempre. ¿El significado? Político, sin duda.
Y es aquí donde la oposición entra en cortocircuito. Porque mientras afuera se reconoce capacidad, adentro se insiste en negar cualquier avance. Es una apuesta riesgosa: cuando la realidad no coincide con el discurso, el discurso se desgasta.
Por eso el enojo. Por eso la estridencia en redes. Porque perder la narrativa es, muchas veces, el primer paso para perderlo todo.
Y hoy, guste o no, la narrativa no la están controlando ellos.







