La estupidez: un enemigo silencioso que puede destruir más que cualquier adversario
Por Eduardo Arredondo
Chihuahua.— Hay enemigos que se pueden identificar fácilmente: la corrupción, la mentira, la violencia, la soberbia. Pero existe uno mucho más peligroso porque muchas veces pasa desapercibido: la estupidez.
No se trata simplemente de carecer de conocimientos. La verdadera estupidez aparece cuando una persona se niega a aprender, rechaza la evidencia, repite los mismos errores y, aun teniendo la oportunidad de corregirse, decide mantenerse aferrada a sus propias ideas.
En la vida pública, en la política, en las empresas y hasta en las relaciones personales, este comportamiento puede tener consecuencias graves.
El problema no es equivocarse
Todos podemos equivocarnos. Nadie tiene la verdad absoluta y cometer errores forma parte de la condición humana.
El problema comienza cuando el orgullo impide reconocerlos.
Una persona inteligente puede tomar una mala decisión, analizar sus consecuencias y corregir el rumbo. En cambio, quien actúa desde la soberbia puede convertir un pequeño error en un problema mucho mayor.
La estupidez no siempre se mide por lo que una persona desconoce, sino por su incapacidad para aceptar que puede estar equivocada.
Y ahí comienza el verdadero peligro.
Cuando la soberbia sustituye a la razón
Hay quienes confunden autoridad con inteligencia, experiencia con verdad absoluta y poder con capacidad.
Creen que tener un cargo, dinero, influencia o seguidores automáticamente les da la razón.
Pero la realidad suele ser mucho más dura.
El poder sin inteligencia puede convertirse en arrogancia. La arrogancia sin autocrítica puede terminar en fracaso.
Y cuando una sociedad permite que las decisiones importantes sean tomadas desde la soberbia y no desde la razón, las consecuencias terminan pagándolas todos.
Aprender también es una forma de inteligencia
Reconocer un error no debilita a una persona. Por el contrario, demuestra carácter.
Preguntar no es ignorancia.
Escuchar no es debilidad.
Cambiar de opinión ante nuevos argumentos tampoco significa falta de principios.
La verdadera inteligencia está en tener la capacidad de aprender.
Porque quien cree que ya lo sabe todo deja de crecer.
El enemigo que nadie quiere reconocer
Quizá por eso la estupidez resulta tan peligrosa: es mucho más fácil señalar la de los demás que reconocer la propia.
Todos podemos caer en ella.
Una palabra dicha sin pensar, una decisión tomada por orgullo, una mentira que se sostiene aun cuando la realidad demuestra lo contrario o una negativa constante a escuchar pueden ser señales de un problema mayor.
La pregunta entonces no debería ser solamente quién tiene la razón.
También habría que preguntarse:
¿Estamos dispuestos a escuchar?
¿Somos capaces de reconocer nuestros errores?
¿Tenemos la humildad suficiente para cambiar?
Porque la inteligencia no consiste en ganar todas las discusiones.
Consiste en saber cuándo tenemos razón, cuándo estamos equivocados y cuándo todavía tenemos algo que aprender.
Una reflexión final
La estupidez puede convertirse en un enemigo silencioso porque muchas veces camina acompañada de la soberbia.
No avisa.
No pide permiso.
Y cuando llega al poder, puede ser todavía más peligrosa.
Por eso, antes de señalar al ignorante, al soberbio o al que se equivoca, quizá convenga mirar hacia nosotros mismos.
La estupidez es un enemigo, pero la peor estupidez es aquella que se niega a reconocer que existe.
Porque equivocarse es humano.
Pero negarse a aprender del error puede convertirse en una elección.







