Jáuregui, una renuncia que intentaron contener
Por Eduardo Arredondo
La renuncia de César Jáuregui Moreno no tomó por sorpresa a quienes desde hace días observaban el desgaste dentro del primer círculo del poder estatal. Lo que hoy comienza a salir a la luz es que su salida no nació este lunes, sino que habría sido puesta sobre la mesa desde hace más de una semana, cuando el propio fiscal presentó su dimisión a la gobernadora María Eugenia Campos Galván y recibió una petición clara: aguantar un poco más para intentar salvar lo políticamente insalvable.
La ausencia de Jáuregui en la reunión de seguridad en Palacio de Gobierno no fue casualidad. En política, cuando un funcionario deja de aparecer en la fotografía principal, el mensaje suele ser más contundente que cualquier comunicado. El fiscal decidió enviar representante, mientras el resto del gabinete ocupó su lugar habitual en una escena donde ya todos parecen saber que el relevo es cuestión de tiempo.
El fondo del problema no está solamente en su salida, sino en lo que representa. La muerte de agentes estadounidenses y ministeriales en el operativo de Morelos abrió una grieta que escaló rápidamente hasta el centro del poder. La presión federal, el ruido diplomático y el costo político del caso terminaron colocando a la Fiscalía en el centro de una tormenta que amenaza con alcanzar niveles más altos del gobierno estatal.
Fuentes cercanas al caso sostienen que después de la reunión entre la mandataria estatal y Omar García Harfuch, la permanencia de Jáuregui dejó de ser una decisión jurídica para convertirse en una necesidad política. Lo que antes se manejaba como respaldo institucional comenzó a transformarse en una estrategia para contener daños.
El nombramiento de Wendy Chávez al frente de una unidad especial para revisar la actuación de la propia Fiscalía es una señal inequívoca: en Palacio ya entendieron que la crisis no se puede apagar con discursos. Cuando un gobierno decide investigar a su propia estructura, es porque sabe que la presión externa ya cruzó la puerta principal.
Lo verdaderamente delicado no es que Jáuregui se vaya. Lo preocupante es que su eventual salida podría ser apenas el primer movimiento de una sacudida política que todavía no termina de mostrar hasta dónde puede llegar. Porque en Chihuahua, más que una renuncia, lo que empieza a verse es una operación desesperada por contener una crisis que amenaza con crecer.







