EL PAN, ENTRE LA LEALTAD Y LA INSURRECCIÓN
Por Eduardo Arredondo
Hay algo que los panistas deberían tener muy claro rumbo a 2027: la ingratitud política también pasa factura.
Pocos recibieron tanto poder y tantas oportunidades de Maru Campos como César Jáuregui y Mario Vázquez. De la presidencia municipal a la gubernatura, la gobernadora abrió puertas, repartió responsabilidades y colocó a ambos en posiciones que hoy les permiten tener peso político.
Pero el problema comienza cuando quienes recibieron el respaldo empiezan a desafiar a quien se los otorgó.
Jáuregui lleva tiempo jugando al límite. Su discurso es el de un político relegado que busca presentarse como víctima de una decisión que, según él, pretende cerrarle el paso. Pero una cosa es aspirar y otra muy distinta convertir la inconformidad en una guerra interna.
Su problema político no nació ayer. Su paso por la Fiscalía y las controversias que rodearon su gestión terminaron convirtiéndose en un pesado lastre para cualquier proyecto electoral. Pretender trasladar toda la responsabilidad a Maru Campos puede ser una estrategia política, pero no modifica los hechos ni las consecuencias que esos hechos tuvieron sobre su futuro.
Mario Vázquez juega otro juego.
Frente a la gobernadora aparece como soldado disciplinado; en otros espacios, sus movimientos y declaraciones alimentan una narrativa distinta. Esa doble lectura comienza a generar sospechas dentro del propio PAN.
Y ahí está el verdadero problema: no se puede pedir unidad mientras se trabaja para construir una facción.
Tampoco se puede hablar de institucionalidad mientras se intenta ocupar espacios que ya tienen responsables dentro del partido. Ni resulta convincente presentarse como coordinador de estructuras que formalmente no dependen de uno.
Mario recibió una de las posiciones políticas más importantes que podía recibir: una senaduría. Era una plataforma extraordinaria para construir futuro, fortalecer liderazgo y convertirse en un aspirante natural para 2027.
Pero el ruido no siempre es liderazgo.
Mientras otros nombres comenzaron a posicionarse en la conversación panista, Vázquez no consiguió colocarse con la misma fuerza entre los principales aspirantes. Y en política, cuando uno necesita explicar demasiado por qué sigue siendo competitivo, quizá el problema no sea la explicación: es la falta de resultados políticos.
EL PAN NO PUEDE SER REHÉN DE SUS INSATISFECHOS
Aquí está el fondo del asunto.
Los grupos inconformes hablan de unidad, pero atacan a la dirigencia nacional, cuestionan a la dirigencia estatal, desafían a la gobernadora y confrontan a quienes pretenden encabezar el proyecto rumbo a 2027.
Entonces, ¿de qué unidad hablan?
La unidad no consiste en exigir que todos acepten las condiciones de una facción. La unidad consiste en respetar las reglas, competir dentro del partido y aceptar los resultados.
Maru Campos no puede ser la gobernadora que todos elogiaban cuando repartía responsabilidades y la adversaria cuando toma decisiones que ya no satisfacen intereses personales.
La política no funciona así.
Y si algunos panistas consideran que tienen un proyecto distinto, están en todo su derecho de construirlo. Lo que no pueden exigir es que el partido entero se acomode a sus ambiciones.
ROMPEOLAS
Cada vez son más evidentes las señales de ruptura alrededor de César Jáuregui.
Si su decisión es abandonar el proyecto panista, que lo diga de frente.
Si quiere competir, que compita.
Si quiere construir una alternativa, que la construya.
Pero utilizar la inconformidad interna, victimizarse y responsabilizar a otros de una división que también puede alimentarse desde su propio entorno no es precisamente una receta para la unidad.
Y lo mismo aplica para Mario Vázquez.
En política, las fotografías no sustituyen la lealtad, los discursos no sustituyen los resultados y las reuniones privadas no pueden contradecir permanentemente el discurso público.
Rumbo a 2027, el PAN tendrá que decidir qué quiere ser: un partido con reglas y proyecto común o una suma de aspiraciones personales disfrazadas de rebeldía.
Porque una cosa sí está clara:
quien quiera romper con el PAN, que rompa.
Quien quiera competir, que compita.
Pero que nadie pretenda incendiar la casa y después culpar al dueño por el humo.







