Jad El Reda
La legendaria figura de Landon Donovan volvió al Dignity Health Sports Park, en donde tuvo momentos especiales en su carrera y puso su nombre en la historia de la liga. Donovan, quien promociona su libro autobiográfico: Landon: A Memoir, fue testigo de la derrota de 2-1 de su antiguo club ante Minnesota United FC.
Aunque la derrota dejó un ambiente tenso, por lo menos 15.000 de los 22.447 aficionados que se hicieron presentes, se llevaron el muñeco cabezón del legendario jugador. En seis encuentros, el conjunto angelino suma solo cinco puntos y ocupa la casilla número 12 de la Conferencia del Oeste.
Donovan aprovechó el espacio para una conversación más profunda, como lo fue legado, la memoria y las heridas personales que el máximo ídolo del club decidió plasmar en su libro.
El oriundo de Ontario, California, quien es quizá el rostro más representativo en la historia del fútbol estadounidense, ha optado por contar su historia desde un ángulo distinto, lejos de una narrativa puramente deportiva. Su libro se adentra en aspectos personales que durante años compartió parcialmente con el público, pero que ahora adquieren una dimensión más íntima.
“Ha sido una manera de ponerlo allá afuera, en un formato más accesible”, explicó Donovan a los medios de comunicación sobre la motivación para escribirlo, luego de años recibiendo mensajes de aficionados que valoraban su honestidad al hablar de sus luchas personales.
El impacto, según reconoce, ha sido mayor de lo esperado. Donovan admite que la respuesta del público ha sido “abrumadora”, en buena medida porque el libro no se limita al fútbol. Los lectores, cuenta, encuentran fragmentos con los que pueden identificarse y, a partir de ahí, establecen una conexión directa con él al compartir sus propias experiencias. Esa retroalimentación, más que las reseñas, ha sido vara de medir del alcance de su historia.
Uno de los pasajes más significativos gira en torno a la relación con su padre. Donovan recuerda una infancia marcada por la ausencia y un proceso de reconciliación que tardó más de dos décadas en llegar.
“Lo perdoné después de 25 años y eso cambió mi vida”, señaló el exjugador.
La carga emocional de ese capítulo se intensificó recientemente con el fallecimiento de su padre en diciembre, lo que convierte ese relato en uno de los más personales del libro.
El proceso de escritura también le ofreció una perspectiva distinta sobre sí mismo, aunque no necesariamente nuevas revelaciones, según dijo. Tras años de terapia, asegura que el autoconocimiento ya estaba trabajado. Sin embargo, escuchar cómo lo perciben quienes lo rodean —familiares, excompañeros como Mike Magee u Omar González— fue un ejercicio inesperado. Esas voces, recopiladas por el coautor Ryan Berman tras decenas de entrevistas, terminaron aportando una dimensión coral al relato.
En medio de esa introspección, el pasado futbolístico inevitablemente aparece. Cuando se le pide elegir su momento más especial en Los Ángeles, Donovan no duda en señalar el título de 2011 como el más significativo. Más allá del trofeo, lo define como una redención tras años complicados, incluyendo tensiones internas y etapas irregulares del equipo, en una época marcada también por la convivencia con el exastro David Beckham.
Pero si hay un tema que hoy por hoy lo mueve con fuerza es el estado del fútbol juvenil en Estados Unidos. Donovan no esconde su preocupación y habla de un sistema que, en su opinión, ha perdido el rumbo.
Donovan critica duramente la influencia excesiva de padres, entrenadores y clubes, y denuncia que el desarrollo del niño ha quedado en segundo plano frente a intereses económicos y resultados inmediatos.
El jugador de hoy no es creativo, según dijo, porque no se le da la libertad de mover el balón.
“Hay que devolverle el deporte a los niños”, insiste, al tiempo que recuerda que tanto él como Clint Dempsey crecieron fuera de estructuras altamente organizadas, algo que, paradójicamente, favoreció su creatividad.
Esa mirada también se extiende a la selección de cara al próximo Mundial. Donovan, con experiencia en tres Copas del Mundo, evita caer en predicciones simplistas. Prefiere centrarse en el rendimiento más que en los resultados, recordando que incluso en el histórico torneo de 2002, el equipo estuvo cerca de quedar eliminado en fase de grupos. Para él, una buena actuación pasa por consistencia y momentos que marquen a la afición.
El tema de los precios de los boletos para el Mundial 2026 tampoco le es ajeno. Aunque entiende la lógica del mercado, reconoce que como aficionado no le agrada el costo elevado. Aun así, lo considera una consecuencia inevitable de un evento de esa magnitud, comparable a otros espectáculos globales con alta demanda.
“No me gusta como consumidor”, reconoció, al tiempo que dejó claro que ni siquiera él tiene garantizado el acceso. Su familia planea asistir al primer partido y, como cualquier otro aficionado, tendrá que buscar la manera de pagar las entradas o esperar que surja alguna oportunidad.
Aun así, Donovan entiende la lógica detrás de los precios. Defiende el funcionamiento del mercado y considera que, en caso de que la demanda no responda, los costos eventualmente bajarán.
“Nadie quiere estadios vacíos”, dijo Donovan.
Él recurrió a una comparación fuera del fútbol al recordar cuando su esposa y su hija deseaban ir a un concierto de Taylor Swift en Europa, donde los boletos alcanzaban cifras exageradas, pero aun así se agotaron.
“Costaban hasta $3.000 y pues mi esposa decidió no ir a final de cuentas”, señaló ‘El Capitán América’.
Para Donovan, el Mundial en casa representa un evento de esa misma magnitud global, con una demanda que inevitablemente empuja los precios hacia arriba.
Ver a la selección de Estados Unidos en un Mundial como anfitrión probablemente será caro. No le gusta, admite, pero lo asume como parte de una realidad en la que el espectáculo más grande del planeta también se rige por las reglas del mercado.







