Controversial …
Cuando el poder se convierte en empresa
* El petróleo ajeno y la ganancia que se apropia.
* Trump siempre ha sido un gandalla.
Por: Raúl Sabido.
> El poder político y el poder económico:
En las democracias contemporáneas, el poder político y el poder económico se entrelazan de maneras cada vez más complejas. No se trata de un fenómeno nuevo, desde los banqueros que financiaban monarquías en el siglo XIX hasta los conglomerados tecnológicos que hoy influyen en la regulación digital, la misma historia nos muestra que quienes gobiernan rara vez lo hacen aislados de los intereses económicos.
El verdadero desafío no es que existan empresarios en política, sino que las instituciones carezcan de mecanismos sólidos para separar lo público de lo privado, porque si lo político no lo separa, menos lo económico. Cuando un gobernante toma decisiones que afectan directamente a sectores donde mantiene intereses, la frontera entre servicio público y beneficio personal se difumina. Y esa difuminación erosiona la confianza ciudadana, que es el cimiento de cualquier democracia.
> La globalización ha intensificado este dilema:
Los acuerdos internacionales, las inversiones extranjeras y los mercados financieros ya no se limitan a un territorio nacional. Un contrato en Asia puede repercutir en la política exterior de América; una alianza tecnológica en Europa puede condicionar la seguridad digital de Latinoamérica. En este contexto, los conflictos de interés dejan de ser locales y se convierten en un problema transnacional.
La pregunta de fondo es: ¿ cómo garantizar que las decisiones de un gobierno respondan al interés colectivo y no a la rentabilidad privada? La respuesta no está en prohibir la actividad empresarial de quienes gobiernan, sino en diseñar sistemas de transparencia y rendición de cuentas que permitan distinguir claramente entre lo que beneficia a la ciudadanía y lo que enriquece a unos pocos.
Las democracias que no atienden este dilema corren el riesgo de transformarse en corporaciones disfrazadas de Estados. Y cuando eso ocurre, el ciudadano deja de ser sujeto de derechos para convertirse en cliente de un sistema que solo busca maximizar ganancias.
La política no puede reducirse a un balance de pérdidas y ganancias. Si el poder se convierte en empresa, la democracia se convierte en mercancía. Y lo que está en juego no es un contrato ni una inversión, sino la esencia misma del interés netamente público y, lo público son todos.
> El caso venezolano: sanción disfrazada de negocio:
Ambicionar lo ajeno.
Hoy los Estados Unidos parecen gobernados por una administración que ha perdido todo pudor y que coloca al dinero y la ganancia por encima de cualquier principio ético fundamental. El caso del petróleo venezolano es un ejemplo contundente donde se extrae por Venezuela, se comercializa por la administración Trump y se deposita en cuentas bancarias en Qatar manejadas por la Casa Blanca muy lejos de la supervisión del propio Departamento del Tesoro. No se paga a Venezuela, no se reconoce la propiedad legítima de ese recurso, pero sí se disfruta de las ganancias íntegras de su venta que se encubren con entregas a futuro, un futuro que por supuesto nunca llegara.
El bloqueo naval impuesto por Washington contra Caracas fue la pieza clave de este engranaje del descarado AGANDALLE . Bajo el argumento de sancionar a un gobierno considerado “ilegítimo”, se prohíbe a terceros acceder al crudo venezolano. Sin embargo, ese mismo petróleo se ofrece como parte de un paquete alternativo a quienes no pueden obtenerlo del Golfo Pérsico. Es decir, se bloquea para otros (Brics), pero se comercializa para beneficio propio. El resultado es un doble estándar que convierte la política exterior en un negocio disfrazado de “búsqueda de la democracia” para un país. La administración Trump tomó el petróleo y dejó a los mismos “Chavistas” en el poder quienes, muertos de miedo y terror, entregaron la riqueza de su patria…. Y a su presidente.
Los bancos qataríes que reciben estos recursos no pueden alegar desconocimiento. Saben que se trata de fondos de procedencia ilícita, derivados de un esquema que margina al propietario legítimo del recurso. Y, aun así, participan del beneficio, consolidando un circuito financiero que legítima el despojo. El petróleo venezolano, en este esquema, no es solo energía, es moneda de cambio, es herramienta de presión, es botín.
La razón del bloqueo estadounidense, fuera del estrecho de Ormuz, entonces no es únicamente política, es netamente económica. Se trata de controlar la oferta mundial total del crudo, de desplazar competidores y de garantizar que las ganancias fluyan hacia quienes hoy gobiernan en Washington. La retórica utilizada de la “defensa de la democracia” se convierte en una cortina de humo que oculta lo esencial: un AGANDALLE monumental, un AGANDALLE institucionalizado.
> La fortuna expedita de Trump:
La formación acelerada de la fortuna de Trump durante su segundo periodo no es casualidad, sino el resultado de un entramado de decisiones presidenciales que se traducen en comisiones, privilegios y negocios privados. El ramo inmobiliario, incluso con proyectos vinculados a territorios tan sensibles como la franja de Gaza se convirtió en un laboratorio de especulación política y económica que liderea Jared Kushner, el yerno de Trump. A ello se sumó la incursión en las criptomonedas, un terreno donde la presidencia operó como catalizador de confianza y legitimidad, manipulando mercados financieros desde la cúspide del poder para beneficiar las ganancias por la compra-venta de la criptomoneda, un descaro absoluto y un silencio de financistas cobardes.
Cada decisión presidencial parecía acompañada de una comisión, cada medida de política pública se transformaba en un beneficio privado. Y lo más inquietante es que Trump no solo contravenía la ética y la coherencia de una presidencia de hegemonía mundial, sino que se jactaba de ello, como si el desdén por la honorabilidad fuese parte de su estilo de gobierno.
Con todo lo anterior, se va comprendiendo por qué Trump, en el concierto de las naciones, se va quedando solo. La comunidad internacional observa con recelo cómo una administración convierte la política exterior en negocio, el poder en patrimonio y la presidencia en empresa. La soledad diplomática no es producto de conspiraciones externas, sino de una práctica sistemática de AGANDALLE que erosiona la credibilidad de Estados Unidos como líder hegemónico global.
> El aislamiento de la hegemonía:
Hoy, como nunca, el concierto de las naciones ha comenzado a recuperar algo de libertad y dignidad. Han comprobado que, para la hegemonía de los Estados Unidos liderada por Trump, no son más que mercancía, su soberanía ha dejado de tener valor y su dignidad debe desecharse ante la amenaza y el chantaje. El presidente de los Estados Unidos se ha arrogado el poder de decidir quién vive y quién no, quién llega y quién queda fuera, como si el mundo entero fuese su reino y los gobiernos sus súbditos.
> La realidad, sin embargo, es otra:
Trump no gobierna un país, maneja una empresa con muy serios problemas financieros, de credibilidad y de confianza. Cada acto de resistencia de sus aliados, cada gesto de independencia de las naciones es una palada de tierra en el cementerio de esa hegemonía. El mundo empieza a entender que no puede seguir siendo cliente de un sistema que convierte la política en negocio y la diplomacia en chantaje.
Por eso, en el concierto de las naciones, Trump se va quedando solo. Su modelo de poder basado en el AGANDALLE , en la manipulación de mercados, en la explotación de recursos ajenos y en la acumulación de comisiones, ha terminado por aislarlo. La comunidad internacional ya no lo ve como líder, sino como un empresario desesperado, y codicioso, que usa la presidencia para sostener su propia maquinaria corroída y oxidada.
> Y esa soledad es el reflejo más claro de que la hegemonía estadounidense, bajo su mando, ha perdido legitimidad, hoy es un aliado, y un socio NO CONFIABLE







