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“El teatro de la desconfianza”
Por: Raúl Sabido.
“En cualquier escenario de negociación la confianza y la credibilidad no son adornos, son el cimiento mismo sobre el cual se construye cualquier acuerdo. Sin ellas, las palabras se convierten en ruido y las reuniones en rondas de sordos.”
> La fuerza de la credibilidad:
La negociación implica inevitablemente temas incómodos como concesiones, renuncias, compromisos que no siempre resultan agradables. Pero cuando la contraparte cree en la honorabilidad de quien tiene enfrente, incluso lo difícil se vuelve posible. La confianza funciona como un puente que permite transitar por terrenos ásperos sin que el diálogo se fracture.
En cambio, cuando la desconfianza permea y la credibilidad se desvanece, el proceso se paraliza. Las partes dudan de la palabra empeñada, sospechan de las intenciones ocultas y cada propuesta se interpreta como una trampa. En ese ambiente, nada camina. La negociación se convierte en un simulacro, una puesta en escena sin resultados tangibles.
Por eso, más allá de las estrategias, los números o las condiciones, el verdadero arte de negociar reside en la capacidad de inspirar confianza. La credibilidad no se improvisa: se construye con coherencia, transparencia y respeto. Y es esa reputación la que, al final, abre las puertas a acuerdos duraderos.
> La honorabilidad: el cimiento invisible de los acuerdos:
En la mesa de negociación, mucho se habla de estrategias, de tácticas de presión, de concesiones y de cifras. Sin embargo, hay un elemento que rara vez se menciona con la misma fuerza, aunque es decisivo: la honorabilidad de los negociadores.
La honorabilidad no es un concepto decorativo ni un atributo moral que se presume en discursos. Es, en realidad, la garantía de que la palabra empeñada tiene valor. En un entorno donde las partes buscan acuerdos, la honorabilidad funciona como un soporte invisible que da estabilidad al proceso. Cuando un negociador es honorable, su palabra se convierte en un contrato tácito, en una promesa que no necesita ser vigilada con lupa.
En la práctica, la honorabilidad se traduce en coherencia, decir lo que se piensa, cumplir lo que se promete y respetar lo que se acuerda. Es la diferencia entre un diálogo que avanza y uno que se estanca. Porque cuando la honorabilidad está presente, incluso las propuestas más difíciles encuentran un cauce; cuando está ausente, cada frase se recibe con suspicacia y cada gesto se interpreta como una maniobra oculta.
En definitiva, la honorabilidad es el capital moral del negociador. Sin ella, la negociación se convierte en un teatro de desconfianzas; con ella, se transforma en un espacio donde la palabra tiene peso y los acuerdos se convierten en compromisos duraderos.
> Negociar la paz en medio de la desconfianza:
El mundo observa con incertidumbre crítica las negociaciones por la paz en Medio Oriente. Estados Unidos, Irán y Pakistán se sientan a la mesa con la intención declarada de definir el futuro de la región y del mercado energético. Sin embargo, los gestos fuera de la mesa pesan tanto como las palabras dentro de ella.
En rondas anteriores, mientras se discutía la posibilidad de acuerdos, Estados Unidos, en representación tácita de Israel, lanzó ataques contra Irán. En la segunda ronda de la negociación actual, la estrategia fue distinta pero igual de provocadora, donde dos acorazados norteamericanos fueron enviados al estrecho de Ormuz como una demostración de fuerza. La respuesta iraní no se hizo esperar y obligó a Washington a recular. El mensaje fue claro: la negociación no puede avanzar si se juega a la intimidación y acorazados hundidos.
Mientras tanto, Israel aprovecha los tiempos de alto fuego para expandir su control territorial en el Líbano. Ya se ha apropiado de un 20% de ese país y, en pleno proceso de negociación, busca aumentar ese porcentaje. Este doble juego erosiona la credibilidad de las conversaciones y convierte la mesa de paz en un escenario de sospechas y desconfianza mutua.
La pregunta de fondo es inevitable: ¿cómo se puede construir un acuerdo cuando los actores principales exhiben acciones que contradicen la palabra empeñada? La negociación requiere confianza, y la confianza se sostiene en la honorabilidad de los negociadores. Cuando esa honorabilidad se pone en duda, lo que se discute en la mesa se convierte en un simulacro.
El futuro del Medio Oriente, y del mercado energético global, depende de que los interlocutores comprendan que la paz no se negocia con acorazados ni con invasiones silenciosas, sino con credibilidad y respeto. Sin honorabilidad, las negociaciones no son más que un teatro de desconfianzas.
> La amenaza como sustituto de la diplomacia:
En medio de las tensas y desconfiadas rondas de negociación, las amenazas se convierten en protagonistas. Estados Unidos, al ver que sus condiciones no son aceptadas, lanza advertencias directas contra la vida de los negociadores iraníes. El mensaje es brutal: “si no hay acuerdo bajo sus términos, habrá asesinato”. Con ello, la negociación deja de ser un espacio de diálogo y se transforma en un campo de intimidación.
La diplomacia se vacía de sentido cuando la palabra se acompañaba de la amenaza de muerte. La negociación, que debería ser un ejercicio de confianza y honorabilidad, se convierte en un escenario donde la fuerza sustituye a la razón. En ese contexto, cualquier acuerdo pierde legitimidad, porque nace bajo el peso de la traición a la intención de paz.
Como si fuera poco, Israel presenta un pliego petitorio que condiciona su participación en la paz a dos exigencias: 1) que Irán abandone completamente su programa nuclear y 2) que el Líbano quede fuera del acuerdo. La primera exigencia busca neutralizar a Irán; la segunda, abrir la puerta para seguir avanzando sobre territorio libanés. Es decir, la paz se condiciona a la renuncia de unos y a la expansión de otros.
> Pronóstico de las rondas de paz:
El pronóstico de las rondas de negociación por la paz en Medio Oriente es altamente incierto, las conversaciones entre Estados Unidos (Israel), Irán y Pakistán (como mediador) avanzan bajo observancia internacional, pero los ataques israelíes en el Líbano y las amenazas cruzadas hacen que el proceso “pende de un hilo” y difícilmente se logre un acuerdo duradero en el corto plazo y, a lo mejor ni de corto plazo.
En el mediano plazo, la mediación podría sostener un alto el fuego temporal, pero sin concesiones reales de Israel ni garantías de seguridad para Irán, los acuerdos carecerán de estabilidad. En el largo plazo, la paz duradera parece improbable mientras la negociación esté condicionada por demostraciones de fuerza y exigencias unilaterales. Alguien no ha entendido que le han pegado hasta con la cubeta a su “reputación” de supremacía.
> Las carencias en los negociadores:
La paz no se negocia con acorazados ni con amenazas de muerte, tampoco con la conquista silenciosa de territorios. La paz se construye con la fuerza invisible de la honorabilidad, con la credibilidad que da sentido a la palabra y con el respeto que convierte los acuerdos en compromisos duraderos.
> Mientras esos pilares no estén presentes, cualquier negociación será apenas una función de teatro de desconfianzas. 







