Brighite: o árbitro… o jugadora
Por Eduardo Arredondo
Aquí no hay medias tintas.
Lo que puso sobre la mesa Cruz Pérez Cuéllar no es un reclamo menor ni una diferencia de grupo. Es una advertencia directa sobre algo que en Morena parece empezar a torcerse: la imparcialidad.
Y hay que decirlo como es.
Si Brighite Granados anda en eventos de aspirantes, no está “acompañando”, está tomando postura. Así de claro.
En política no existen las casualidades, existen los mensajes.
Y cuando la dirigente estatal aparece en actos de uno sí y de otros no, el mensaje es brutal: hay favoritos.
Morena prometió ser distinto. Prometió desterrar el dedazo, la cargada, las señales desde el poder. Pero esas prácticas no empiezan con una candidatura oficial… empiezan con gestos, con presencias, con guiños.
Exactamente lo que hoy está pasando.
Mientras en la contienda se mueven perfiles como Andrea Chávez o Martín Chaparro, la dirigencia debería ser muro, no reflector.
Pero no.
Hoy parece más interesada en aparecer que en arbitrar.
Y eso dinamita cualquier intento de piso parejo.
Lo dicho por Cruz Pérez Cuéllar exhibe una verdad incómoda: dentro de Morena ya se están moviendo piezas como en los viejos tiempos. Con señales internas, con cargadas disfrazadas, con operación desde la estructura.
Lo demás es discurso.
Aquí la regla es simple y no admite interpretación:
si quieres jugar, deja de arbitrar.
Si Brighite Granados quiere respaldar a alguien, está en todo su derecho. Pero entonces que suelte la dirigencia.
Porque lo que no se vale —y no se puede permitir— es usar el cargo para inclinar la balanza.
Morena está frente a una prueba que ya conocemos.
La diferencia es que ahora no puede culpar a nadie más si falla.







