Al trabajar en las Naciones Unidas, y sin duda en el Consejo de Seguridad, uno tiene la oportunidad de aprender que siempre se pueden encontrar grandes principios para defender cualquier línea de actuación, por muy cuestionable que sea dicha actuación. Ningún país está exento de esta ley, pero Estados Unidos se ha erigido desde hace tiempo en un ejemplo paradigmático. Se lanzan bombas sobre civiles y sus infraestructuras, se secuestra o asesina a líderes, y todo ello siempre en aras de lograr o preservar la paz y promover los derechos humanos y la democracia.
Menciono esto tras haber visto una representación de Antígona, de Sófocles. Una forma de interpretar la obra es que el rey Creonte justifica el asesinato de Antígona (y, por tanto, busca consolidar su control del poder) alegando que la felicidad de la ciudadanía depende de que reine el Estado de derecho. (¿Tiene razón en eso?) Mientras tanto, la resistencia a Creonte de Antígona y su prometido Hemón puede interpretarse como un intento de suplantar a Creonte, intento que se presenta de manera engañosa como un intento de defender una ley superior, la ley de los dioses en lugar de la de los seres humanos, por muy poderosos que estos sean.
No insisto en que esta sea la única forma, ni, desde luego, la forma tradicional, de interpretar a Antígona. Solo insistiría en que, tras haber pasado unos años trabajando con el Consejo de Seguridad, me resulta difícil interpretar las declaraciones de los personajes de otra manera.
En las noticias recientes hemos visto a varios líderes mundiales afirmar que estaban haciendo la guerra de acuerdo con diversos principios religiosos (o universales, o evidentes). Al igual que en Antígona, esto conlleva cierta arrogancia: la afirmación por parte de un individuo, un grupo o una nación de que conoce mejor que los demás la voluntad de Dios o de los dioses.
Que Antígona acabe teniendo a su lado a una estimada figura religiosa: esto es lo habitual. Siempre se pueden encontrar estimadas figuras religiosas que defiendan cualquier línea de actuación, por muy asesina que sea. Aunque los nazis eran en muchos sentidos anticristianos, en 1938 Theodore Innitzer, arzobispo de Viena, apoyó públicamente el Anschluss, la anexión alemana de la abrumadoramente católica Austria.
No está claro si estos pocos párrafos deben considerarse crítica teatral o comentario político. Para terminar, reiteraría mi apoyo a una representación de Antígona que mostrara a ambas partes de la lucha de poder presentando justificaciones loables para sus acciones egoístas. Desde un punto de vista teatral, este parecería el enfoque más atractivo, y desde uno político: el más acertado.







