Xi en Washington: el poder ya no se disfraza
Por Eduardo Arredondo Delgado
Hay fotografías que informan.
Y hay fotografías que advierten.
La imagen de Xi Jinping junto a Donald Trump en Washington pertenece a las segundas.
No fue una simple visita protocolaria. No fue solamente una cena de Estado. Fue el encuentro, frente a las cámaras del mundo, de dos potencias que se necesitan, se desconfían y compiten por el futuro.
Y China tomó nota de cada detalle.
En Pekín se observaron las imágenes de Xi entrando a Washington, acompañado por Peng Liyuan, recibido bajo el protocolo de una visita de Estado y sentado frente al presidente estadounidense en una escena cuidadosamente construida por la diplomacia.
La lectura que se hizo en buena parte de China fue evidente: Xi no llegó a Washington a pedir permiso para sentarse en la mesa. Llegó sentado.
Esa es la fotografía que importa.
Porque durante décadas Washington acostumbró al mundo a mirar hacia Estados Unidos como el centro indiscutible del poder occidental. Pero el escenario internacional cambió.
China creció.
Acumuló capacidad económica.
Avanzó en tecnología.
Extendió su influencia comercial.
Y comenzó a disputar espacios que durante mucho tiempo parecían reservados a Estados Unidos.
Ahora Xi aparece en la Casa Blanca.
Y eso, simbólicamente, pesa.
Mucho.
Trump sabe que China no es un adversario que pueda ignorarse. Xi sabe que Estados Unidos continúa siendo una potencia militar, económica y tecnológica de enorme alcance.
Por eso ambos negocian.
Mientras las cámaras muestran sonrisas y apretones de manos, sobre la mesa están los aranceles, la inteligencia artificial, Taiwán, la guerra en Irán y el futuro de una relación que puede afectar al planeta entero.
La diplomacia sonríe; la competencia permanece.
Y entonces aparece otro contraste.
Mientras dentro de la Casa Blanca se desplegaba la ceremonia de Estado, afuera manifestantes expresaban su rechazo a Xi y levantaban consignas relacionadas con el Tíbet y los derechos humanos.
Dos imágenes.
Dos lecturas.
Un mismo acontecimiento.
Dentro del edificio, la diplomacia del poder.
Fuera, la protesta.
Y en medio de ambas, una fotografía que China convirtió en símbolo de estatus internacional.
No hace falta exagerar la escena para entender su importancia.
La política internacional también se construye con símbolos.
Una cena.
Una bandera.
Una fotografía.
Un lugar en la mesa.
Todo comunica.
Y China entendió desde hace tiempo que el poder también se comunica mediante imágenes.
Por eso esta visita será observada mucho más allá de Washington y Pekín.
Porque detrás de Trump y Xi no solamente están dos presidentes.
Están dos modelos de poder.
Dos gigantes económicos.
Dos visiones estratégicas.
Y una competencia que difícilmente terminará con un brindis.
El mundo está entrando en una etapa en la que ya no basta con preguntar qué quiere Estados Unidos.
También hay que preguntar qué quiere China.
Y, sobre todo, cuánto está dispuesto cada uno a ceder para conseguirlo.
La fotografía de Xi frente a Trump puede durar unos segundos.
La transformación que representa puede durar décadas.
El siglo XXI ya no se está escribiendo únicamente desde Washington.
Y esa, quizá, sea la verdadera noticia.
Eduardo Arredondo Delgado
Se decidirá en los años que siguen.
Eduardo Arredondo Delgado









