Por: Raúl Sabido
*UNIDAD*
“ _Hay palabras que pronunciamos con tanta frecuencia que terminamos creyendo que las entendemos, podemos entenderlas perno no ejercerlas”_
• *Una de ellas es precisamente UNIDAD.*
La invocamos en la familia, en los grupos, en las organizaciones, en los movimientos sociales y políticos. Pedimos unidad cuando aparecen las dificultades, hablamos de cerrar filas cuando amenaza la adversidad y reclamamos cohesión cuando sentimos que algo importante puede perderse.
Pero existe una contradicción silenciosa: todos deseamos la unidad mientras esa unidad coincida con nuestros deseos.
Y ahí comienza el verdadero problema porque la unidad no necesariamente significa pensar igual, unidad no es uniformidad pero, unidad si se da en objetivos, metas, proyectos, filosofía política cuando se es coincidente.
No consiste en que todos pensemos de la misma manera, tengamos las mismas aspiraciones o compartamos exactamente las mismas opiniones.
La unidad es algo mucho más difícil porque UNIDAD es la capacidad de permanecer juntos aun después de discrepar porque coincidir es fácil.
• Lo difícil es disentir sin destruir.
• Lo difícil es competir sin convertir al compañero en enemigo.
• Lo difícil es aspirar legítimamente a una responsabilidad y, si finalmente corresponde a otro desempeñarla, encontrar la madurez necesaria para comprender que el proyecto puede ser más importante que nuestra aspiración personal.
Y es ahí donde comienza la verdadera unidad y no antes. Ganar juntos también significa saber perder.
• *Imaginemos un grupo cualquiera.*
Existen varias personas capaces, comprometidas y convencidas de poder asumir determinada responsabilidad. Todas tienen derecho a aspirar. Todas pueden defender sus razones. Incluso pueden competir intensamente por obtenerla.
Pero finalmente habrá una decisión.
• Uno será elegido.
• Otro no.
Y precisamente entonces ocurre algo fascinante: termina una competencia y comienza una prueba mucho más profunda:
• *La prueba del carácter.*
Porque perder una nominación, una candidatura, una responsabilidad o una posición duele, somos humanos.
Existe frustración.
Puede existir decepción.
Puede incluso aparecer aquella pregunta inevitable: ¿Por qué él y no yo?
Hasta ahí, todo es legítimo.
El problema comienza cuando la respuesta deja de buscarse en la razón y empieza a construirse desde el resentimiento.
Cuando el dolor comienza a gobernar entonces aparecen los silencios. Después las inconformidades y más tarde las reuniones pequeñas, los comentarios, las sospechas, las interpretaciones, los aliados y, finalmente, aquello que comenzó como una decepción individual termina transformándose en una fractura colectiva.
Curiosamente, quien provoca esa ruptura puede seguir diciendo que defiende al grupo, pero, quizá, ya no está defendiendo el proyecto.
*Estará defendiendo su herida.*
Y ambas cosas pueden parecerse peligrosamente cuando el orgullo encuentra argumentos suficientes para disfrazarse de principios.
• *Esta posiblemente sea la parte más incómoda.*
Podemos reclamar unidad mientras secretamente exigimos obediencia a nuestras aspiraciones. Podemos hablar de disciplina mientras esperamos que sean los demás quienes la practiquen. Podemos pedir generosidad mientras nuestra permanencia depende de haber recibido aquello que deseábamos.
Entonces la unidad deja de ser una convicción y se convierte en una condición:
*“Estamos unidos mientras las decisiones me favorezcan.”*
Pero eso no es unidad. *Es conveniencia.*
La unidad verdadera comienza precisamente donde termina nuestra conveniencia personal. Hay proyectos demasiado grandes para sacrificarlos por una derrota.
Todo grupo que persigue un propósito superior debería preguntarse alguna vez:
*¿Qué es más importante: quién encabeza la tarea o aquello que juntos estamos intentando construir?*
Porque cuando la respuesta termina siendo una persona, el proyecto ya está en peligro.
Ninguna organización puede sobrevivir mucho tiempo si cada decisión interna produce una ruptura. Ninguna causa puede avanzar si cada aspiración frustrada fabrica un enemigo. Y ningún proyecto colectivo puede llamarse verdaderamente colectivo cuando solamente somos capaces de defenderlo si nosotros ocupamos el lugar principal.
“ *Hay derrotas personales que deben aprenderse a cargar para evitar derrotas colectivas mucho mayores* ”
Y quizá allí habite una de las formas más difíciles de grandeza: dar un paso atrás sin abandonar el camino.
• *UNIDAD*
La unidad no se demuestra levantando juntos los brazos después de haber ganado, *eso es celebración.*
La unidad se demuestra cuando alguien más recibe aquello que nosotros deseábamos y, aun con la decepción encima, somos capaces de permanecer.
Porque pertenecer verdaderamente significa entender que unas veces nos corresponderá conducir y otras acompañar. Unas veces seremos elegidos y otras no.
Pero si cada vez que perdemos estamos dispuestos a incendiar aquello que ayudamos a construir, entonces nunca pertenecimos completamente al proyecto, *quizá solamente pertenecíamos a nuestra ambición.*
Y por eso conviene recordarlo: la unidad nunca se pone realmente a prueba cuando todos ganamos. *Se pone a prueba cuando alguno pierde.*
Porque ganar juntos es relativamente sencillo porque lo extraordinariamente difícil es perder personalmente y, aun así, impedir que pierdan todos.
Y cuando la UNIDAD deje de ser palabra, y se convierta en hechos, ese día
……habremos de alcanzar la grandeza.
• *Saber ganar*
Pero la unidad también exige responsabilidad de quien ganó. Porque si difícil es saber perder, también se necesita grandeza para saber ganar.
Quien recibe la responsabilidad deberá evitar que la victoria se convierta en soberbia. Tendrá que acercarse a quienes apoyaron otra opción, escucharlos, reconocerlos y demostrar con hechos que el proyecto sigue siendo de todos.
Porque la unidad no se impone: *se construye.*
Quien perdió deberá vencer la frustración; quien ganó, la soberbia. Ambos tienen la responsabilidad de impedir que una aspiración personal termine destruyendo un propósito colectivo.
Porque no siempre quien pierde pone en riesgo el proyecto,
*A veces también lo hace quien ganó, cuando sabe conquistar la victoria, pero no tiene la grandeza necesaria para unir después de ella.*







