Mario lopez andazola Un día me iré…
Y entonces, por primera vez, mis brazos dejarán de sostener a quienes son mi hogar. Esos abrazos que curaron heridas invisibles, que dijeron “estoy aquí” sin necesidad de palabras, quedarán suspendidos en el tiempo como un eco eterno. Y también callarán esas pequeñas tormentas con lo que no supe amar lo suficiente —porque hasta en la distancia del adiós, todo merece la paz.
Un día, el café dejará de humear esperando mis labios. El vino ya no mojará mi garganta en celebraciones o nostalgias. Mis platos favoritos perderán a su comensal más fiel. Los atardeceres, esos que me pintaron el alma de naranja y violeta, seguirán su danza sin mis ojos para aplaudirlos. Y mis reflexiones escritas —esas confesiones a papel— quedarán como cartas que ya nadie necesita responder.
Se apagarán mis canciones. Esas que cantaba desafinado pero con el pecho abierto, como si cada nota fuera un pedazo de mí flotando al viento. La película que vi mil veces tendrá su última función sin que yo lo sepa. Los libros que acunaron mi espíritu cerrarán sus páginas para siempre en mis manos.
Y mi cuerpo… este cuerpo que me prestódios , dejará de ser mi casa.
Pero cuando todo termine, cuando el telón caiga sin estrépito, estará bien. Porque en este viaje —en esta única y breve encarnación— supe morder la vida con los dientes del asombro. Desperté. Sentí. Estuve vivo.
Hay un día que no conozco pero ya existe, esperándome como una estación final. Y en esa hora última, qué pequeño será todo lo que creí importante: mis certezas, mis miedos, mis errores. Pesarán tanto como una pluma olvidada.
Pero mis abrazos… ay, mis abrazos. Esos pesarán oro. Mis caricias, mis besos, mi manera de amar sin medida, eso será lo único que valga la pena haber acumulado.
Esta vida me ha dado más de lo que pude soñar. Más de lo que merezco, más de lo que cabía en mis manos abiertas. Y eso es suficiente —más que suficiente— para caminar agradesido po lo que queda de camino.
grasias dios Me ha dado lo más grande: la oportunidad de amar. Y lo más humilde: saberme amado.
Gracias, vida. Por mi risa y por mi llanto. Por mis cicatrices y mis caricias. Por este corazón que aún late escribiendo estas palabras. Por la vida en esta Tierra que me sostuvo, me sostiene y me sostendrá hasta el último aliento.
Que este poema nos recuerde, hoy, que aún estamos a tiempo de abrazar más fuerte.







