El Mundial 2026 está a la vuelta de la esquina, pero en México no se siente como fiesta… se siente como un evento caro, lejano y cada vez menos emocionante.
Sí, el balón rodará, los estadios estarán listos y las marcas afilarán sus campañas. Pero algo no cuadra: la afición mexicana, una de las más fieles del planeta, está perdiendo el entusiasmo. Y no es percepción, son datos.
La firma Kantar lo deja claro: el ánimo rumbo al Mundial se está cayendo. En unos meses, el porcentaje de aficionados “muy emocionados” pasó de 69% a 53%. Traducido al lenguaje real: millones de mexicanos ya no están vibrando igual.
¿La razón? No es el futbol… es el país.
La inseguridad se convirtió en el principal rival del Mundial. Hoy, el 63% de los mexicanos la señala como su mayor preocupación, impulsada por hechos recientes vinculados al Cártel Jalisco Nueva Generación y su líder Nemesio Oseguera Cervantes, que pusieron bajo presión a ciudades clave como Guadalajara.
A eso súmele el golpe al bolsillo. Porque si algo tiene este Mundial, es precio… y de sobra.
Los boletos son hasta cinco veces más caros que en la Copa Mundial de la FIFA Catar 2022. Una final puede costar 6,000 dólares. ¿El resultado? El sueño de ir al estadio se convierte en lujo. La intención de asistir cayó de 61% a 42%.
Así de claro: el Mundial será para verse… no para vivirse.
Y aunque el futbol sigue siendo ritual —83% lo verá desde casa, con cerveza y botanas—, la pasión ya no es la misma. Hoy el aficionado es más frío, más selectivo y menos entregado.
El dato es demoledor: solo el 18% seguirá el Mundial sin importar los equipos. El resto, únicamente si juega México. El torneo más grande del planeta reducido a un interés condicionado.
Ni siquiera el consumo salva la emoción. Aunque México está en el Top 10 mundial en venta de jerseys, con más de 1.3 millones, eso responde más al hábito que a la ilusión.
Porque hay otro síntoma preocupante: la desconexión. Muchos aficionados no conocen ni la mascota —el Jaguar Zayu— ni a los jugadores del Tri. Algo que antes era impensable.
Hoy el Mundial 2026 enfrenta una paradoja brutal: será más grande, más caro y más global que nunca… pero en México, su propio territorio, se está sintiendo más lejano.
La conclusión es incómoda, pero evidente:
el negocio del futbol va en ascenso…
la emoción del aficionado, en caída libre.
Y cuando eso pasa, ni el mejor Mundial puede salvar el partido.







