Partidos sin alma
Por Eduardo Arredondo
La política mexicana atraviesa una crisis que pocos quieren admitir: los partidos ya no viven de sus principios, viven de sus intereses.
Durante años, PAN, PRI y ahora Morena han construido discursos para convencer a los ciudadanos de que son diferentes. Sin embargo, cuando se observa cómo ejercen el poder, las diferencias suelen ser mucho menores de lo que sus militantes están dispuestos a reconocer.
Si Manuel Gómez Morín pudiera ver al PAN actual, difícilmente encontraría al partido que fundó. Aquella organización creada para defender ideas y formar ciudadanos terminó convirtiéndose, en muchos casos, en una estructura más preocupada por repartir candidaturas que por defender convicciones. El problema no es que haya evolucionado; el problema es que parece haber olvidado quién era.
Pero sería un error señalar únicamente al PAN. El PRI recorrió el mismo camino hace décadas. Pasó de ser una maquinaria política con visión de Estado a una organización que terminó devorada por sus excesos, su burocracia y su incapacidad para entender a una sociedad que ya no estaba dispuesta a aceptar las viejas reglas del juego.
Morena llegó prometiendo una transformación profunda. Sin embargo, con el paso de los años ha demostrado que cambiar de partido no necesariamente significa cambiar de prácticas. Muchos de los vicios que durante décadas criticó hoy forman parte de su propia realidad política. La diferencia es que ahora los justifican quienes antes los condenaban.
La tragedia de la política mexicana es que los partidos dejaron de competir por ideas y comenzaron a competir únicamente por el poder. Los principios se volvieron accesorios; la congruencia, una excepción; y la ideología, un discurso de ocasión que se adapta según la conveniencia del momento.
Por eso cada vez más ciudadanos se sienten alejados de la política. No porque hayan dejado de interesarse por el país, sino porque dejaron de creer en quienes dicen representarlos. Observan dirigentes que hablan de valores mientras negocian privilegios, que hablan de democracia mientras cierran espacios y que hablan de renovación mientras reciclan los mismos grupos de siempre.
El problema de fondo no es electoral. Es moral y político.
Ningún partido recuperará la confianza ciudadana con campañas publicitarias, nuevos colores o candidatos fabricados por encuestas. La credibilidad no se compra ni se improvisa. Se construye con congruencia, con resultados y con líderes capaces de sostener sus principios cuando resulta incómodo hacerlo.
Rumbo al 2030, PAN y PRI aún conservan algo que Morena no ha logrado consolidar plenamente: una doctrina histórica. Pero tener principios escritos en documentos no sirve de nada cuando quienes los encabezan actúan como si nunca los hubieran leído.
Los partidos mexicanos enfrentan una decisión inevitable: regresar a las ideas que les dieron origen o resignarse a convertirse en simples franquicias electorales.
Porque la realidad es brutal: los partidos no están perdiendo elecciones. Están perdiendo identidad. Y cuando una organización pierde su identidad, tarde o temprano pierde también su futuro.







