Por Alejandro Cancino, S.J.
Recordar al P. Ernesto Uranga Hernández, S.J. es volver la mirada hacia uno de los misioneros jesuitas que dejaron una huella profunda entre el pueblo rarámuri, entre los misioneros de su tiempo y en la historia de la Misión de Tarahumara.
Nacido en Chihuahua el 16 de mayo de 1925, Ernesto Uranga ingresó al noviciado de la Compañía de Jesús en Ysleta College, El Paso, Texas, el 16 de septiembre de 1940, en una época en la que la formación inicial de los jesuitas mexicanos se realizaba en Estados Unidos.
En 1943 realizó estudios de Gramática, Humanidades y Retórica en el Colegio de San Cayetano, en el Estado de México. Posteriormente, en 1947, estudió Ciencias y Filosofía en Ysleta College.
Su acercamiento a la Sierra Tarahumara comenzó durante la etapa de formación conocida como magisterio, una etapa de experiencia apostólica. En 1951 inició su servicio en la parroquia de Norogachi. Un año después colaboró en Sisoguichi, entonces centro de la misión jesuita, y en 1953 fue enviado a la parroquia de Chinatú, en el sur de la Sierra.
Fue probablemente durante esos primeros años en territorio rarámuri cuando aprendió la lengua de este pueblo. Testimonios de la época señalan que llegó a hablarla bastante bien, muestra de su disposición para acercarse a una cultura distinta, escucharla y aprender de ella.
En 1954 inició sus estudios de Teología en el Colegio Máximo de Cristo Rey, en San Ángel, Ciudad de México.
El 27 de octubre de 1956 fue ordenado sacerdote.
Entre 1959 y 1961 colaboró en la parroquia de Carichí, dentro de la misma Misión de Tarahumara. El 2 de febrero de 1961 realizó sus últimos votos en el colegio jesuita de Torreón.
Ese mismo año regresó plenamente a la misión. En 1962 fue enviado nuevamente a Norogachi, desde donde colaboró con las Escuelas Radiofónicas impulsadas por los jesuitas.
El padre Uranga tenía además una característica que le permitía llegar a comunidades de difícil acceso: era piloto de avioneta.
Desde el aire recorría parte de la inmensa geografía serrana para visitar comunidades y atender las necesidades de los habitantes de la Sierra Tarahumara. Su avioneta se convirtió en una herramienta de servicio pastoral, pero también en el medio que, años después, marcaría trágicamente el final de su vida.
UNA TRAGEDIA EN LA BARRANCA DEL COBRE
El 21 de septiembre de 1966, cuando tenía apenas 41 años, el padre Ernesto Uranga perdió la vida en un accidente de avioneta ocurrido en la Barranca del Cobre.
Regresaba de Pamachi hacia el Tejabán. Su propósito era recoger a un enfermo en el Tejabán para trasladarlo a Chihuahua.
Antes de emprender ese regreso, sin embargo, quiso visitar Pamachi, comunidad en la que tenía la ilusión de impulsar una escuela.
En aquel viaje lo acompañaba Lourdes Ramírez, voluntaria que tenía planes de regresar a Pamachi como maestra. Ambos fallecieron en el accidente.
Con la muerte del padre Uranga desaparecía prematuramente un sacerdote que había dedicado alrededor de 11 años de su vida a la Misión de Tarahumara.
UN MISIONERO ADELANTADO A SU TIEMPO
Más allá de su labor sacerdotal, la historia del padre Uranga tiene un valor especial por su manera de acercarse al pueblo rarámuri.
Su experiencia misionera lo llevó a reflexionar sobre la cultura indígena, la evangelización y la necesidad de establecer un verdadero diálogo entre culturas.
Se conservan dos escritos inéditos de su autoría que sobrevivieron milagrosamente a un incendio accidental ocurrido en 2022.
Uno de ellos lleva por título “El fuerte de los piel cobriza”, escrito en Wirichiki en diciembre de 1963.
El segundo corresponde a sus notas sobre “Indigenismo y religión”, redactadas en Norogachi en 1964.
En estos textos aparece el pensamiento de un sacerdote que no solamente buscaba evangelizar, sino también comprender al pueblo al que servía.
Sus reflexiones adquieren especial relevancia porque parecen anticipar algunas de las nuevas perspectivas teológicas y pastorales que cobrarían fuerza con el Concilio Vaticano II, particularmente en la manera de mirar las culturas y establecer un diálogo respetuoso con ellas.
LA HUELLA DE LOS JESUITAS EN LA TARAHUMARA
La historia del padre Uranga forma parte de una historia mucho más amplia.
Después de la expulsión de los territorios españoles de la Compañía de Jesús en 1767, los jesuitas retomaron su presencia en la región el 12 de octubre de 1900.
Décadas después, en 1958, la Misión de Tarahumara fue constituida como Vicariato Apostólico de la Tarahumara, cuando los jesuitas todavía constituían la mayoría del personal misionero.
Con el paso de los años, las parroquias fundadas y atendidas por los jesuitas fueron entregándose gradualmente.
En 1994 nació la Diócesis de Tarahumara.
La presencia jesuita, sin embargo, continuó.
Actualmente los jesuitas están a cargo de dos parroquias: San Francisco Javier, en Cerocahui, y San Miguel, en Guahuachique.
También impulsan dos importantes obras con sede en Creel.
Una de ellas es el Complejo Asistencial Clínica Santa Teresita (CACSTAC), que inició en 1964 con atención médica a niños con desnutrición y fue fundada por Luis Verplancken, S.J.
La otra es COSYDDHAC (Comisión de Solidaridad y Defensa de los Derechos Humanos, A.C.), fundada en 1988 por el obispo José A. Llaguno, S.J., junto con otros sacerdotes y agentes de pastoral.
UNA MEMORIA QUE PERMANECE
A sesenta años de su muerte, la figura del padre Ernesto Uranga Hernández, S.J., permanece ligada a la historia de la Sierra Tarahumara.
Su vida fue breve, pero intensa.
Llegó a una tierra distinta, aprendió de su gente, se acercó a su lengua y a su cultura, recorrió comunidades de difícil acceso y puso su sacerdocio al servicio de quienes más lo necesitaban.
Murió mientras cumplía precisamente esa misión: trasladar a un enfermo para recibir atención médica.
Su historia no terminó aquel 21 de septiembre de 1966.
Permanece en la memoria de quienes lo conocieron, en los documentos que sobrevivieron al paso del tiempo y, sobre todo, en la historia de la Misión de Tarahumara.
El padre Ernesto Uranga no solamente caminó por la Sierra: dejó parte de su vida en ella.







