Eduardo Arredondo
Lo que mal empieza… Malas vibras desde antes: tensión con la prensa anticipaba
En el mundo del espectáculo —ese donde la fama suele ser tan frágil como inflada— hay reglas no escritas que pesan más que cualquier contrato: respeto, oficio y memoria. Porque sí, memoria. Esa que algunos pierden cuando el aplauso reciente les hace olvidar de dónde vienen.
Lo ocurrido en Chihuahua no es un hecho aislado. Es el síntoma de algo más profundo: la desconexión entre artistas y quienes, les guste o no, también construyen su presencia pública. Llámense periodistas, creadores de contenido o influencers. Hoy el micrófono no es exclusivo, y quien no lo entienda, simplemente se queda hablando solo.
El episodio previo al evento ya daba señales claras. Actitudes evasivas, desdén hacia quienes estaban ahí para cubrir —bien o mal, pero cubrir— y un discurso que raya en lo contradictorio: desacreditar a otros mientras se utilizan las mismas herramientas digitales para mantenerse vigente. Criticar la “camarita” ajena, pero depender del celular propio, no es exactamente coherencia.
Y luego vino lo inevitable.
La presentación de Los Rieleros del Norte, dentro del llamado “Duelo de Titanes”, terminó como terminan las historias mal planteadas: en caos. Una pelea en pleno escenario, protagonizada por integrantes de un ballet, detuvo la música y encendió la polémica. El espectáculo quedó rebasado por la falta de control, y la autoridad hizo lo que correspondía: clausurar.
Pero reducir todo a la riña sería quedarse en la superficie. El fondo es otro. Cuando el entorno ya está cargado de tensión, cuando hay fricciones previas, cuando el respeto no es parte de la ecuación… cualquier chispa prende.
Aquí no se trata de quién tiene el “título” de prensa y quién no. Ese debate, francamente, ya quedó viejo. Se trata de profesionalismo, de formas, de entender que el ecosistema cambió. Hoy una transmisión en vivo puede tener más impacto que una nota impresa, y una mala actitud puede viralizarse más rápido que cualquier éxito musical.
También hay que decirlo: no todo el que graba es periodista, pero tampoco todo el que canta es artista de altura. El respeto, en ambos casos, se gana.
Lo más preocupante no es el escándalo —porque el escándalo vende— sino la normalización de estas conductas. El desprecio como estrategia, la confrontación como contenido, la soberbia como carta de presentación. Eso, tarde o temprano, cobra factura.
Porque al final, y aunque suene a lugar común, sigue siendo cierto: lo que mal empieza… difícilmente termina bien.







