Un día decidió que era la mejor poeta (de su generación, claro está). Esto no alteró su prestigio en el mundo de la poesía estadounidense, donde nadie había oído hablar de ella. Pero sí cambió la forma en que se veía a sí misma y a su poesía.
Siempre existía la posibilidad de que su valoración de la calidad de su obra fuera muy inexacta y egoísta. Pero ella, al menos, no lo creía así. Y dado que pocos lectores discrepaban…
Intentó pensar, en cambio, en cuáles podrían ser las consecuencias de ser la mejor poeta y si había algo más que debiera hacer. ¿Se esperaba de ella, por ejemplo, que reivindicara públicamente su estatus, que insistiera en él? ¿O tenía, dados sus dones, la responsabilidad de escribir tantos poemas como fuera posible? En determinados días festivos nacionales o tras acontecimientos dramáticos o conflictos políticos, ¿le correspondía escribir un poema —que podría ser publicado en línea por alguno de los principales medios de comunicación?
Ella pensaba que no. (Y esto no solo porque, o a pesar de que, ningún medio de comunicación le hubiera pedido jamás un poema. Tampoco recordaba haber visto o escuchado nunca un poema en un gran medio de comunicación estadounidense.)
Quizá fuera una ventaja de ser poeta —en comparación, digamos, con un músico popular o un actor— que alcanzar la grandeza no interfiriera en modo alguno con seguir viviendo la vida más o menos como antes. Aunque, por supuesto, ahora vivía con una visión diferente de sí misma y una idea diferente de cómo la gente podría relacionarse con ella, la mayor poeta.
La mayor poeta… No se puede decir que haya vivido en vano.







