En Chihuahua hay políticos que visitan… y hay otros que hacen gira como si fueran espectáculo. La gobernadora María Eugenia Campos pertenece —sin mucho esfuerzo— a la segunda categoría: no llega, se anuncia; no dialoga, sentencia.
Ayer volvió a Ciudad Juárez con ese aire de autoridad que entra sin tocar la puerta y, antes de saludar, ya está repartiendo diagnósticos. Que si el alcalde Cruz Pérez Cuéllar anda distraído, que si ya se le fue el enfoque, que si anda más en campaña que en oficina. El guion de siempre, pues.
Lo interesante no fue lo que dijo… sino lo que decidió no decir.
Porque mientras la gobernadora reparte etiquetas en la frontera, en la capital —esa que tanto presume— hay temas que crecen en silencio. Ahí está el caso del alcalde Marco Bonilla, con deudas que ya superan cifras incómodas y generan intereses que no caben en discursos optimistas. Pero de eso, ni una palabra. Curioso cómo funciona la indignación selectiva.
Y luego está la joya de la corona: la famosa Torre Centinela. Ese proyecto que prometía vigilancia de primer mundo y terminó convertido en símbolo de dudas locales. Mucha tecnología, mucho anuncio… y la misma pregunta flotando en el aire: ¿sirve o solo luce?
Pero si alguien pensó que la visita sería un monólogo cómodo, se equivocó.
Porque esta vez no solo habló la política. También habló el dinero.
El Consejo Coordinador Empresarial —ese que rara vez levanta la voz sin medir cada palabra— soltó un mensaje que, aunque educado, venía con filo. Traducido al español sin diplomacia: lo que hay no alcanza.
Pidieron más obra, más inversión y menos administración de lo ya existente. Pusieron sobre la mesa proyectos concretos, ampliaciones necesarias y una realidad que en Juárez se vive todos los días: el rezago no se tapa con discursos.
Y ahí fue donde la historia dio la vuelta.
Porque la gobernadora vino a regañar… y terminó regañada.
Sin gritos, sin escándalo, pero con ese estilo empresarial que no necesita elevar la voz para incomodar. Un jalón de orejas fino, pero claro.
Al final, la lección es simple: Ciudad Juárez no es la capital. Aquí el aplauso no viene incluido en la agenda, y la crítica no pide permiso.
En la frontera las cosas se dicen de frente.
Y cuando el poder se acostumbra a hablar sin escuchar, tarde o temprano alguien le contesta.







