Emilia
Por: Norma Vázquez
El día sábado 24 de octubre a las 7:00 p.m., se presentó en el Foro Apolo en la ciudad de Chihuahua, “Emilia”, obra de teatro de la compañía teatral Los hijos de la luna. Con dramaturgia y dirección de Diva D’ Franco, esta puesta en escena nos llama la atención desde el inicio gracias a su escenografía: altares católicos con corporal rojo, imágenes, veladoras, incienso y copal.
Antes de iniciar la obra se escuchan las campanas que nos conducen al escenario de las apariciones. Los altares con velas, santos, inciensos y cuadros, esperan para ser iluminados, mientras los quejidos y voces del inframundo invaden el foro. Después de que el fraile enciende las velas, la introducción de la abadesa nos advierte lo que presenciaremos:
Durante el año 1100, el padre Joaquín se enfrenta a un alma en pena que ronda por la abadía. Es el espíritu de Emilia, víctima de la sociedad elitista y machista y también víctima de la religión hipócrita. Emilia entra en escena y conocemos de viva voz el trágico destino de una mujer y su hija.
Emilia, mujer joven de familia de abolengo, se embaraza de un mozo obrero. La familia, al oponerse a esa unión que va en contra de los intereses económicos familiares, envía a Emilia a la abadía en donde la madre superiora tiene la encomienda de hacerla abortar a golpes. Emilia, quien meses después ve desde la abadía el martirio de su joven amor por malhechores contratados por su padre, debe pasar por la violencia que las monjas ejercen por órdenes de la superiora. Vive meses de encierro y creyendo la madre superiora que ha perdido a su hija, Emilia deja de ser molestada. Una noche, entre gritos ahogados y mordiendo su hábito, Emilia da a luz sola a su hija, a quien esconde de la vista de las religiosas.
A partir de ese momento Emilia jura proteger a la pequeña Elizabeth de todas y todos. Emilia queda a cargo de la lavandería y de esa forma puede ocultar a su pequeña hija y las habitaciones, al ser diseñadas para que solo una novicia puede vivir en ellas, la discreción en el lugar está asegurada. Sin embargo, surgen sospechas y la abadesa decide inspeccionar el convento. Emilia esconde a Elizabeth entre las sábanas de la lavandería, la revisión dura más tiempo del calculado y eso lleva a una consecuencia fatal. Emilia llora por la tragedia, y en medio de su dolor trae consigo venganza y muerte.
Esa es la confesión del espíritu de Emilia ante el padre Joaquín. El padre la culpa de todo: de su falta de moralidad, de su lujuria, de arrojar al hombre que amaba a su muerte en manos de los asesinos de su padre. Emilia defiende su amor. Y hay otra venganza que se acerca al convento.
La obra de teatro es muy interesante principalmente por la trama, muy acorde con estas fechas de celebración de las almas que regresan para convivir con los vivos: el espíritu de una monja vengativa que lucha contra la intransigencia de la moral religiosa e hipócrita, ejemplificado por lo que Emilia le dice al padre Joaquín, los niños que han sido enterrados en el cementerio del convento por las monjas.
En la primera escena aparece Miklos Galdy como el sepulturero jorobado y que se ha convertido ya en un cliché gracias a Víctor Hugo y al colectivo imaginario reforzado por las condiciones de vida durante la Edad Media: la pobreza y la iglesia como asilo a las personas con discapacidad, aunado al pesado oficio de ser campanero y que refuerza teológicamente la etimología de la palabra “gibbus” (agobiado): el hombre jorobado.
La abadesa, Alexandra Ferrales, es segunda en aparecer en escena: es una mujer dura, habla con voceo, pero el padre Joaquín y Emilia no. Es un aspecto del uso del lenguaje a destacar.
El padre Joaquín, personificado por Alex Rivas, vestido con ropas color capuchino calza huaraches color café y calcetines negros, es un buen acierto. Por otro lado, la biblia que usa para alejar a los malos espíritus parece diccionario de primaria y tiene contraportada verde y portada metálica. En el aspecto actoral tarda un poco a entrar en el personaje y a veces le falta para llegar al personaje. Aspectos de dicción, presencia escénica y peinado, están bien logrados, y en general sentimos que estamos ante un padre del año 1100.
El personaje de Emilia, interpretado por Diva D’Franco, es muy interesante: destaca por la actuación fina y habilidades verbales de la actriz, muy claro el discurso. Especial mención es el maquillaje, así como el uso de lentes de contacto blancos que reducen la visibilidad hasta en un 85 o 90 por ciento. La situación está en las manos, éstas eran unas manos esqueléticas de plástico, cuando unas manos maquilladas se coordinan mejor con la época a la que nos refiere la historia. Y hablando de lo que hace ruido en el vestuario, la actriz viste tines negros deportivos, otro tipo de calceta es más acorde con el personaje, ya que en el año 1100 los padres y las monjas usaban “calzas”, prendas que cubrían desde el pie hasta la rodilla en el caso de las monjas, para proteger el pie de los toscos zapatos de la época así como de los climas fríos.
El personaje de Elizabeth, interpretado por Cristina D’Franco es el que realiza los asesinatos de sacerdotes, es el personaje más maléfico y en su corta aparición nos llama la atención: hace ruido que la hija de Emilia falleció de bebé, pero en el espíritu de Elizabeth es de 11 años. Todo se puede en el teatro, en la creación de ideas y podemos tener una relación materno-infantil que sobrevive al tiempo y a estereotipos.
La iluminación y el sonido son disfrutables: los tonos azules fuertes son para los momentos violentos del discurso de Emilia, los tonos azul claro con más luz blanquecina de frente, para los momentos enternecedores; los tonos blancos y amarillos, claros, nos avisan que algo malo va a pasar, y los tonos rojos para el desenlace final y terrorífico. Es de las pocas obras en las que el sonido es clarísimo, limpio y sin interferencias ni desfases. La escenografía abona bastante para mantener la atención del público ya que el arte sacro, las veladoras, el incienso y la iluminación azul y roja, representa una idiosincrasia católica y mística que nos une y nos inquieta por representar lo desconocido y lo sacro.
Es una puesta en escena que nos entretiene y nos enseña que la naturaleza humana persiste más allá de la muerte y la felicidad para muchas personas se alcanza en terrenos terroríficos.
Emilia
Dramaturgia y dirección: Diva D’Franco Reparto: Miklos Galdy – sepulturero y fraile, Alexandra Ferrales – abadesa, Alex Rivas – Padre Joaquín, Diva D’Franco – Elisa, Cristina D’Franco – Elizabeth. Vestuario, escenografía y utilería: Diva D’Franco. Iluminación y sonido: Ángel Ruvalcaba.







