Columna | Eduardo Arredondo
Se les cae el teatro: los partidos comienzan a despedazarse rumbo al 2027
La sucesión por la gubernatura de Chihuahua todavía no comienza oficialmente, pero los partidos ya enseñan las grietas. Lo que hace unos meses presumían como unidad hoy empieza a convertirse en una guerra de intereses, grupos y ambiciones donde nadie confía en nadie.
El primer síntoma apareció en Morena.
Desde la Ciudad de México bajó una orden que cayó como balde de agua fría: Andrea Chávez y Lilia Aguilar debían guardar silencio. El evento del Partido del Trabajo en Ciudad Juárez fue cancelado de último momento y el mensaje fue más fuerte que cualquier comunicado.
La instrucción fue simple: nada que pudiera favorecer a Andrea mientras se levantan las encuestas.
Pero la pregunta es inevitable.
¿Por qué a unos les ponen freno y otros siguen en campaña permanente?
Mientras Andrea baja el perfil por disciplina, Cruz Pérez Cuéllar continúa recorriendo el estado, reuniéndose con estructuras, inaugurando eventos y fortaleciendo su proyecto político sin que nadie desde el centro le pida detenerse.
Así nacen las divisiones.
Cuando las reglas parecen tener destinatario, dejan de ser reglas y se convierten en instrumentos de control político.
Morena presume democracia interna, pero cada día parece más evidente que las decisiones importantes siguen tomándose desde los escritorios de la capital del país.
Y cuando el centro comienza a intervenir, la militancia deja de competir para empezar a desconfiar.
Pero Morena no es el único que muestra fracturas.
En el PAN la historia tampoco es de unidad.
La lista de aspirantes crece tanto como las diferencias entre los grupos internos. Alfredo Chávez, César Jáuregui, María Angélica Granados, Rafael Loera, Alan Falomir, Santiago de la Peña, Jorge Soto y Carlos Olson representan proyectos distintos que difícilmente caminarán juntos cuando llegue la hora de la decisión.
Todos levantan la mano.
Todos aseguran tener el respaldo suficiente.
Y todos saben que solamente uno sobrevivirá.
Lo que hoy llaman competencia interna mañana puede convertirse en factura política.
Por si fuera poco, aparece un nuevo actor dispuesto a recoger el desencanto ciudadano.
Julián LeBarón decidió abandonar la ruta independiente para convertirse en la apuesta de Somos México, un partido que busca capitalizar el desgaste de las fuerzas tradicionales.
Es una jugada inteligente.
Mientras PAN y Morena concentran sus energías peleándose entre ellos, los nuevos partidos comienzan a venderse como la alternativa para un electorado cada vez más cansado de las mismas caras y de las mismas promesas.
La realidad es incómoda para todos.
Ningún partido llega fuerte al 2027.
Morena enfrenta la batalla de sus propios grupos.
El PAN vive una competencia donde las heridas pueden tardar años en cerrar.
El PRI continúa buscando cómo volver a ser competitivo.
Movimiento Ciudadano sigue sin definir un liderazgo sólido en Chihuahua.
Y los nuevos partidos intentan aprovechar el vacío que dejan los de siempre.
La lucha ya no será únicamente contra el adversario.
Será contra las divisiones internas.
Porque las elecciones no siempre las pierde quien tiene menos votos.
Muchas veces las pierde quien llega más dividido.
Y a juzgar por lo que está ocurriendo en Chihuahua, el verdadero enemigo de los partidos ya no está enfrente.
Lo tienen sentado en la mesa de al lado.







