Carta abierta a mi madre Rosita
Por Mario López Andazola
Querida mamá Rosita:
Nunca imaginé que llegaría el día en que tendría que escribirte una carta sabiendo que ya no podré escuchar tu voz responderme. Hay palabras que el corazón guarda durante años y que solo encuentran salida cuando el alma extraña profundamente.
Hoy quiero decirte gracias.
Gracias por haberme dado la vida, por enseñarme que la honestidad siempre vale más que cualquier riqueza, por mostrarme con tu ejemplo que el trabajo, la humildad y el amor por la familia son el verdadero patrimonio que una persona puede dejar.
Fuiste la mujer que sostuvo nuestro hogar con fortaleza, la que siempre tuvo un consejo oportuno, una oración para los momentos difíciles y un abrazo capaz de aliviar cualquier tristeza. En tus manos encontré refugio cuando el mundo parecía complicado y en tus palabras aprendí que nunca debía rendirme.
Me duele tu partida. Me duele mirar hacia donde solías estar y encontrar solamente recuerdos. Me duele saber que ya no volveré a escuchar tu risa ni podré tomarte de la mano. Pero entre ese dolor también nace una inmensa gratitud, porque tuve el privilegio de llamarte mamá.
Hace apenas unos días te vi sonreír y bailar. Eras feliz, disfrutando de la música, rodeada de cariño. Hoy entiendo que Dios me regaló ese último recuerdo para guardarlo como un tesoro eterno. Así quiero recordarte siempre: alegre, fuerte, llena de vida y regalando amor a todos los que te rodeaban.
Hoy nuestra familia siente un enorme vacío. Tu ausencia deja un silencio difícil de explicar, pero también nos deja una misión: mantenernos unidos, cuidarnos unos a otros y vivir con los valores que sembraste en cada uno de nosotros.
Mamá, si alguna vez me faltó tiempo para decirte cuánto te amaba, hoy quiero que el cielo escuche estas palabras.
Te amo.
Te amé cada día de mi vida y te amaré hasta mi último suspiro.
Seguiré adelante porque sé que eso es lo que hubieras querido. Cada paso que dé llevará tu enseñanza; cada logro tendrá un poco de tu esfuerzo y cada sonrisa será también un homenaje a la mujer extraordinaria que fuiste.
Dicen que una madre nunca muere mientras viva en el corazón de sus hijos. Entonces sé que tú seguirás conmigo. Estarás en cada amanecer, en cada reunión familiar, en cada canción que nos haga recordar tus bailes y en cada oración que eleve al cielo.
Descansa en la paz de Dios, mamá Rosita.
Gracias por tu amor incondicional.
Gracias por tu ejemplo.
Gracias por regalarme el orgullo de ser tu hijo.
Hasta que Dios permita que volvamos a encontrarnos.
Con todo mi amor eterno,
Tu hijo,








