Calita: del abismo al triunfo en Pachuca
La tarde en la Monumental Vicente Segura de Pachuca tuvo el pulso acelerado desde temprano. Había ambiente grande, de expectación encendida por el aniversario 47 del coso, y de pronto todo se tensó en un solo instante: un toro vivo, un torero herido y una plaza que contuvo el aliento. Era la tarde de Ernesto Javier “Calita”, una tarde que comenzó en el abismo y terminó en la gloria.
El primero de su lote, de Montecristo, traía una mirada difícil y un viaje incierto. Calita lo entendió pronto y le plantó una faena con raza, coronada con una estocada bien colocada. Pero el toro, amorcillado y torero para desgracia del propio torero, se negó a doblar. La suerte del descabello se volvió una pesadilla: el astado colocaba la cara hacia tablas, imposible de cuadrarlo. Cuando por fin lo volteó, llegó el derrote seco, violento, y la voltereta que estremeció a la plaza.
Tres avisos rompieron el silencio, pero fue la imagen del torero adolorido, arrastrando el muslo golpeado, la que dejó una mueca amarga en el tendido. “Aquello fue un desastre”, diría después. Y lo fue. Ni el puntillero pudo rematar al toro. Todo quedó suspendido en esa amarga fracción del toreo en la que la épica se desmorona y queda solo la verdad del cuerpo vulnerable.
La enfermería lo recibió casi a empujones. Dolor intenso en la pierna, el brazo, el hombro, la espalda. Los doctores sospecharon de algo peor: una posible cornada interna cerca de la femoral o la safena. Estudios, ultrasonidos, miradas preocupadas. Pero no: era un rayón largo, profundo, y un hematoma serio, pero sin riesgo vital. Recomendación: 15 días de reposo.
Pero aquel día no era de reposo. Era de determinación.
Porque Calita —como todos los toreros que se saben de sangre aferrada al oficio— no quiso irse así de Pachuca. No quiso que el toro vivo fuera el final de una tarde que había convocado a tanta gente. Y volvió. Volvió adolorido, sí, pero entero en voluntad.
El segundo de su lote, también de Montecristo, tuvo nobleza y entrega, y Calita lo entendió desde el primer lance. La faena fue una reconstrucción: del cuerpo, del ánimo y del sitio profesional. Toreó con temple y serenidad, como quien agradece la oportunidad de redimirse en la misma arena donde minutos antes había estado a un suspiro del hospital.
Las series crecieron, el público se entregó, y cuando la espada cayó certera, la plaza se levantó con él. Dos orejas y salida a hombros. Del drama al triunfo. Del miedo a la puerta grande. Del golpe al orgullo.
Así es este oficio: a veces implacable, a veces prodigioso. Y Calita, que consagra su vida a él, volvió a demostrar que está hecho de esa materia que sostiene a los que no se rinden.
El escalafón también arde
El mexiquense suma ya 30 corridas, 43 orejas, dos rabos y cuatro indultos, disputando palmo a palmo el liderato de la temporada con Isaac Fonseca y Juan Pablo Sánchez. Una carrera de tres que se decidirá en las últimas bocanadas del año.
Antes, Calita viajará a Houston para tentar en El Sabino, invitado por los ganaderos Urrutia y Mendoza. Dice que espera estar recuperado. A juzgar por lo que hizo en Pachuca, pocos dudan que así será.







