¿Y la transformación moral?
Por [ eduardo arredondo ]
Mientras el escándalo del llamado huachicol fiscal alcanza niveles de incendio institucional, desde el Senado, Adán Augusto López Hernández intenta apagar las llamas con declaraciones políticamente correctas, aunque poco convincentes. “El movimiento es más que un puñado de funcionarios que hayan cometido una irregularidad”, dijo. La pregunta es: ¿hasta cuándo seguirá el gobierno separando a la 4T de quienes la operan?
El caso no es menor. Se habla de contrabando disfrazado, de combustible ingresado ilegalmente al país, con la presunta complicidad —o cuando menos omisión— de altos mandos de la Marina. Y mientras el gobierno se aferra a deslindar al “movimiento” de las personas que lo integran, el país observa cómo la bandera de la honestidad comienza a deshilacharse.
Adán Augusto, en su intento de contención política, repite una vieja fórmula: culpar al individuo y exonerar al sistema. El problema es que ese sistema fue vendido como la gran transformación ética del país. ¿No era acaso la Cuarta Transformación la que venía a erradicar de raíz la corrupción del viejo régimen? ¿O esa promesa solo aplica cuando los corruptos son los de enfrente?
“Cada quien es responsable de sus actos”, declaró el senador, como si los involucrados en este escándalo fueran ajenos al proyecto que él mismo defiende. Pero si los operadores de la 4T caen en las mismas prácticas que sus antecesores, el discurso se derrumba. No basta con deslindarse: hay que asumir la responsabilidad política de haberlos encumbrado.
El colmo es que López Hernández asegura que ahora sí hay confianza en el Poder Judicial, justo cuando el Ejecutivo ha mantenido una campaña sistemática de descalificación contra jueces, magistrados y ministros que no se alinean con su agenda. ¿En qué quedamos? ¿Confiamos o no en las instituciones?
La verdad es incómoda, pero necesaria: el huachicol fiscal no solo pone en duda la eficacia del combate a la corrupción; también exhibe la fragilidad moral de un proyecto que prometió ser diferente. La corrupción no solo se mide en delitos comprobados, sino también en el silencio, en la complicidad pasiva y en la retórica vacía.
La 4T no puede seguir escudándose en la frase de “no somos iguales” mientras reproduce los mismos vicios del pasado. Porque sí, señor senador, un movimiento sí puede ser juzgado por los actos de quienes lo representan. Y cuando esos actos huelen a corrupción, a contrabando y a impunidad, no hay discurso que alcance para taparlo.







