Eduardo Arredondo
Parral: una ciudad que intenta seguir adelante mientras la violencia la alcanza
Por Eduardo Arredondo
La tarde del sábado en Parral fue una de esas que se quedan atoradas en la memoria colectiva, no por un hecho extraordinario o una celebración, sino por el sonido insoportable de la violencia que parece no darnos tregua. La transmisión de unas carreras de caballos —un evento que suele ser familiar, ruidoso y festivo— se convirtió, en segundos, en evidencia del miedo que vivimos desde hace años: disparos, gritos, gente corriendo sin saber hacia dónde.
Siete personas murieron ahí mismo en el hipódromo de Santa Teresa. Tres más resultaron heridas. Entre los fallecidos, se dice, podría estar un personaje ligado al crimen organizado. Las autoridades aún no confirman nada, porque últimamente en Chihuahua la incertidumbre siempre llega antes que la información.
Lo que sí se confirmó fue la cadena de eventos que vino después. Como si la violencia hubiera recibido una señal para expandirse, los reportes se multiplicaron: camiones atravesados bloqueando la carretera hacia Jiménez; vehículos chocados y abandonados en la vía a Santa Bárbara; un supuesto enfrentamiento en Valle de Allende que derivó en despliegues militares sin rastro de los agresores; detonaciones en la ciudad durante la madrugada; y el robo de una camioneta a un veterinario que simplemente regresaba a casa.
A veces parece que los hechos ya no sorprenden porque hemos aprendido a vivir con ellos, pero este fin de semana volvió a quedar claro que nadie se acostumbra a escuchar ráfagas ni a preguntarse qué tramo de carretera es seguro. Por eso los gobiernos municipales de Parral y Allende no tardaron en pedirle a la gente que se quedara en casa. Qué ironía: en Chihuahua, el hogar ya no es solo refugio, es trinchera.
Horas después apareció el cuerpo de un hombre abandonado junto a un monumento emblemático. Un símbolo, quizá, de lo que se vive: la ciudad intentando mantenerse de pie mientras la violencia insiste en colocarse al centro.
Y mientras tanto, los ciudadanos seguimos moviéndonos entre comunicados oficiales, rumores, videos que circulan en redes y un sentimiento que se repite cada vez más seguido: el miedo de que esto se normalice.
Parral es una ciudad trabajadora, orgullosa, que ha enfrentado crisis históricas y siempre ha encontrado cómo levantarse. Pero hoy, más que nunca, necesita algo que parece haber quedado atrapado entre discursos y operativos: una estrategia clara, permanente y real que impida que los grupos criminales marquen el ritmo de la vida cotidiana.
Lo que pasó este fin de semana no es un episodio aislado. Es el recordatorio de que la violencia sigue ahí, empujando, probando límites, ocupando espacios. Y es también un llamado urgente para que las autoridades —todas— tomen decisiones más allá de contener daños.
Porque Parral, Chihuahua entero, y su gente, merecen algo más que sobrevivir al día siguiente.
— Eduardo Arredondo







