Por [ EDUARDO ARREDONDO ]
Columna de opinión – 14 de agosto de 2025
Ana Karen Sotero no fue al Congreso de la Ciudad de México a recibir un premio. Fue a decir lo que nadie en esa sala quería escuchar.
Tenía 23 años, un micrófono frente a ella y la mirada de decenas de diputados —aunque muchos, vale la pena decirlo, ni siquiera se molestaron en prestarle atención. Aun así, lo dijo todo: “El crimen organizado desapareció mi comunidad y nadie nos puso atención”.
Y mientras hablaba de jóvenes arrastrados por el narcotráfico, desplazados, ignorados, algunos legisladores seguían con sus pláticas privadas, revisando el celular o simplemente mirando hacia otro lado. Irónicamente, esa indiferencia fue la mejor prueba de lo que ella denunciaba.
En lugar de agradecer con discursos floridos, Ana Karen convirtió su momento en una denuncia política. Acusó a los políticos de usarlos como “artefactos” para tomarse fotos y simular interés por los jóvenes. Lo dijo con claridad y sin miedo: “No les importamos”.
Y tiene razón.
Porque mientras en los discursos oficiales se habla de juventud como “el futuro de México”, en las comunidades reales la juventud sobrevive entre violencia, falta de oportunidades y abandono. Lo que ella dijo no es nuevo, pero pocas veces se ha dicho con tanta contundencia y en el lugar correcto: frente a quienes tienen el poder de hacer algo y han decidido no hacerlo.
Un premio incómodo
El premio incluía $23,000 pesos. Un monto simbólico para un evento simbólico. Pero Ana Karen no se quedó en la ceremonia ni en la foto. “Ese dinero es lo que se gastan en una cena los parásitos a los que les hablaba”, soltó. Crudo, sí. ¿Falso? No.
En una época en la que los discursos están diseñados para no incomodar, ella eligió todo lo contrario. Habló como se habla en la calle, en las casas que han perdido a alguien, en los pueblos que el Estado abandonó.
Y tal vez por eso su mensaje se volvió viral: porque no estaba adornado ni editado para agradar. Era real.
¿Y ahora?
Los aplausos llegaron… pero desde afuera. En redes, en medios, en los mensajes de quienes se sintieron representados. Dentro del Congreso, en cambio, hubo incomodidad, evasión, silencio. La crítica no gusta cuando no se puede controlar.
Pero lo que Ana Karen hizo no fue una rabieta. Fue un acto político en el mejor sentido: decir la verdad frente al poder.
Quizás su voz no cambiará el sistema hoy, pero dejó algo muy claro: la juventud ya no está dispuesta a ser usada como adorno político. Está dispuesta a gritar.
Y ya era hora.







