Javier Corral, el farsante acorralado por su propio discurso Cesar Duarte jaquez
Por Eduardo Arredondo
Su señoría, y a todo Chihuahua: llegó la hora de llamar las cosas por su nombre.
Lo que vivimos hoy no es un acto de justicia, sino el colapso de una farsa. Javier Corral, el supuesto “paladín de la legalidad”, se esconde tras el fuero que tanto criticó. El mismo hombre que hizo de la moral su bandera ahora se aferra a ella para no enfrentar la ley.
Durante años utilizó el poder para fabricar culpables, manipular procesos y exhibir enemigos. Convirtió la justicia en su arma y el gobierno en un escenario para su ego. Montó expedientes, presionó jueces y usó a los medios para construir un mito: el del político incorruptible.
Pero los mitos, cuando se sostienen en mentiras, terminan cayendo.
Hoy, Corral pretende que el Gobierno Federal atraiga su causa penal para exonerarlo. Busca, una vez más, blindarse. La audiencia se realizó en secreto, sin la víctima, sin la representación del Estado. Todo en la sombra, como actúan quienes temen a la verdad.
La diferencia es que ahora la Fiscalía Anticorrupción reaccionó. Promovió un amparo por violación a las garantías de audiencia, legalidad y acceso a la justicia. Y una jueza federal ya concedió la suspensión definitiva. El caso irá a un Tribunal Colegiado.
Eso —no los montajes, no los discursos— es justicia.
Corral es el rostro más descarado de la incongruencia. El político que decía combatir la corrupción, pero la practicaba con elegancia de hipócrita. El mismo que acusó a otros de “triquiñuelas” ahora se ampara en tecnicismos. El que sitió aeropuertos y tribunales para exhibir enemigos, hoy suplica que la Federación lo proteja.
En su gobierno, protegió a torturadores como Francisco González, alias Paquito, aquel fiscal señalado por la CNDH. En ese entonces, Corral calló. Hoy, cuando lo acusan a él, grita persecución. Siempre la misma historia: si le conviene, es justicia; si no, es venganza.
Javier Corral no es víctima ni héroe. Es un simulador profesional, un político que usó la decencia como disfraz y la ley como garrote. Un enfermo de poder que jamás entendió que la justicia no se manipula.
Yo lo reto públicamente: que renuncie a su fuero, que deje de esconderse, que enfrente a Chihuahua y responda por los más de 98 millones de pesos que lo persiguen. Que se someta a la ley que tantas veces usó para humillar a otros.
Porque su tiempo de impunidad se está acabando.
Porque la justicia —tarde o temprano— siempre alcanza a los farsantes.
Y porque Chihuahua ya lo conoce, ya lo entendió, y ya no le cree.
El “paladín de la justicia” ha caído.
Lo que queda es un hombre acorralado por su propio discurso.







