Los intentos de Javier Corral por dañar la imagen de César Duarte se estrellaron contra una realidad muy distinta a la que él buscaba imponer. Su estrategia, tejida junto con Adán Augusto López, no sólo fracasó, sino que provocó una reacción social que puso en evidencia la falta de sustento en sus acusaciones.
La operación orquestada con el senador Loera, y que contó con la complicidad de Efraín Morales, titular de Conagua, tuvo como propósito engañar a la presidenta Claudia Sheinbaum respecto a la situación política en Chihuahua. Sin embargo, el montaje se vino abajo de manera estrepitosa.
Lo que pretendía ser una maniobra para desacreditar a Duarte terminó por convertirse en un nuevo episodio de difamación sin pruebas, desarmado por el respaldo social que el exgobernador mantiene entre diversos sectores de la sociedad chihuahuense.
Mientras la figura de Corral se asocia cada vez más con el fracaso, la desidia y la manipulación política, César Duarte comienza a recuperar reconocimiento como un exgobernador que, pese a los procesos en su contra, ha defendido su inocencia y denuncia haber sido víctima de una persecución injusta.
Hoy, en Chihuahua, muchos consideran que se ha aclarado quién es quién. La sociedad distingue entre el que trabajó por su gente y el que, según sus críticos, la traicionó desde el poder. Uno ha quedado relegado por sus propios errores; el otro, según sus simpatizantes, se mantiene en la memoria colectiva por los logros de su administración.
Corral ha quedado, dicen sus detractores, en el basurero de la historia; Duarte, por el contrario, en el corazón de quienes aún lo respaldan.







