Por [ eduardo arredondo ] De la broma a la sospecha: cuando el poder habla de más
Una broma desafortunada en redes sociales reaviva críticas sobre presunto favoritismo en contratos estatales adjudicados a empresas vinculadas a su esposo.
Hay palabras que pesan más cuando vienen de una figura de poder. Y hay contratos que, aunque legales, huelen más fuerte cuando quienes los ganan comparten mesa, apellido o alcoba con el poder.
La gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, volvió a ser tendencia esta semana. No fue por un logro, ni por una reforma, ni por una gira. Fue por una publicación en redes sociales que, en otro contexto, tal vez no habría pasado de largo: una fotografía junto a los hijos de su esposo, Víctor Cruz Russek, con el mensaje: “Hay veces que los amo y hay veces que los quiero mataaaaar… ¿Ustedes qué opinan?”
El texto fue retirado horas después. Pero en esta era, borrar no equivale a callar.
El comentario, que pretendía ser gracioso —o al menos eso supusimos—, no cayó bien. No en un estado donde la violencia familiar es pan de cada día. No cuando el lenguaje también construye realidades. Y menos aún cuando quien lo dice gobierna con el ceño fruncido y el contrato abierto.
Porque esta no es una historia sobre redes sociales. Es una historia sobre lo que está detrás.
La broma funcionó como mecha para reavivar una crítica mucho más seria y persistente: el aparente favoritismo con el que operan las licitaciones de vehículos en el gobierno estatal. La narrativa es conocida en los pasillos burocráticos: si no compras con la familia Cruz, no compras.
Desde 2021, empresas vinculadas a Cruz Russek —Tu Mejor Agencia Automotriz, Automotores Tokio, PASA, entre otras— han acumulado contratos por más de 315 millones de pesos. ¿Cómo lo han hecho? Con licitaciones hechas a modo, adjudicaciones directas por “urgencia” y procedimientos con una sola oferta.
Y ahí está el verdadero problema: en la forma, en el fondo, y en la sospecha que nunca se disipa.
La política, como las redes sociales, está llena de gestos que parecen menores. Pero cuando el lenguaje tropieza con la realidad, ya no es broma: es reflejo. El “quiero mataaaaar” no se lee igual cuando tu gestión aparece manchada por la concentración de contratos en el círculo familiar. No se lee igual cuando funcionarios señalan bloqueos para comprar fuera de las agencias de siempre. No se lee igual cuando la palabra transparencia apenas aparece en las bases de las licitaciones.
Este episodio deja en claro que no hay comentario “inocente” cuando se gobierna. Las redes no son patio personal. Y el presupuesto público no es herencia familiar.
Puede borrarse una publicación. Lo que no se borra tan fácil es la percepción de que algo huele mal en las compras del Estado.







