eduardo arredondo Así las cosas en Chihuahua
En Chihuahua la violencia ya no irrumpe: se instala. Corre por las carreteras, entra a las casas y se queda a vivir entre nosotros mientras la autoridad intenta alcanzarla… casi siempre tarde.
La persecución que arrancó en El Siroco y terminó en Aldama es otra postal conocida: patrullas a toda velocidad, convoyes interminables y un vehículo volcado como desenlace. Presuntos halcones, una mujer herida, calles cerradas y silencio oficial. Mucho movimiento, pocas certezas. El mensaje es claro: los grupos criminales se mueven con confianza, incluso a plena luz y sobre carreteras vigiladas.
Y mientras eso ocurre en el centro del estado, en Ciudad Juárez la violencia no corre: camina con calma y dispara. Hombres armados entraron a una casa del fraccionamiento Los Almendros y ejecutaron a un ex policía municipal frente a su familia. No fue un asalto, no fue un accidente, fue una ejecución. Precisa. Directa. Brutal.
El hecho de que la víctima haya sido un ex agente habla por sí solo. En Chihuahua, ni el retiro ni la experiencia blindan contra las balas. Aquí el pasado te alcanza y el uniforme, aun colgado, no protege a nadie.
Como si no bastara, un adulto mayor fue encontrado muerto en la colonia Chaveña tras días de ausencia. Sin estridencias, sin disparos, sin titulares grandes. Otra muerte que se suma a la estadística y que exhibe una violencia menos ruidosa, pero igual de cruel: la del abandono.
Persecuciones, ejecuciones y cuerpos encontrados. Tres escenas distintas, un mismo fondo: un estado rebasado, donde la violencia dicta el ritmo y la autoridad apenas administra los daños.
Así las cosas en Chihuahua: la violencia avanza, se normaliza y cobra factura todos los días. Y lo peor no es que pase… es que ya no sorprende.







