Pienso en Yucatán como el lugar que atrae a las estrellas. Y también donde mueren. Hace 66 millones de años, en las coordenadas 21° 24′00″N 89° 31′00″ O, un meteorito cayó en sus costas y extinguió a los dinosaurios. Muchísimo después, en otras coordenadas cercanas al cráter, en la esquina de la calle 54 con 87, en Mérida, murió otra estrella: Pedro Infante.
Era 1957. El mundo atestiguaba el lanzamiento del Sputnik I, el primer satélite artificial del mundo. Pero en vez de celebrar que llegábamos al cielo, el 15 de abril, la noticia era otra. Ese día, el matrimonio de Rubén Canto y Remigia García se enteró de que un avión cuatrimotor de Transportes Aéreos Mexicanos (TAMSA), que media hora antes había salido del aeródromo de Mérida con destino al Distrito Federal, se estrelló en el patio de su casa.
Escucharon la noticia por la radio mientras viajaban rumbo a un rancho en el municipio de Cacalchén. En cuanto supieron de la tragedia, decidieron emprender el viaje de regreso, pues la madre de Rubén se encontraba en la casa.
“Mi abuelo nos contaba que, cuando llegó, el área ya estaba acordonada por el Ejército. Nadie podía ni entrar ni salir. Él decía: ‘Pero si ahí está mi mamá, ¡es la casa de mi familia!, yo quiero pasar’. Obviamente no podía pasar, pero él, rompiendo las reglas, entró por el patio trasero para verla”, rememora Mauricio Canto, de 27 años, nieto de Rubén y Remigia.
Mauricio ha escuchado esta historia prácticamente desde que nació. De cuando su bisabuela Genoveva sobrevivió al fuego de milagro, los recuerdos de la tiendita de su familia –La Socorrito, que abastecía a los campesinos que vivían en los límites sur del centro de Mérida– y del patio de su casa, amplio, con árboles tropicales y un pozo en medio, siempre colman su imaginación con un avión, llamas y tragedia.
Mientras Rubén Canto buscaba a su madre, XEHM Radio Mérida daba otra noticia:
–Dígame José, usted es de las personas que ayudaron a extraer los cadáveres. ¿Cuál fue el primero que sacaron? Es decir […], por lo que usted dice, que tiene una placa de metal, cree que sea Pedro Infante, ¿verdad? –preguntó en vivo un locutor a un vecino del barrio, o tal vez, un rescatista que llegó al lugar, cuya grabación puede encontrarse en YouTube.
–Sí. El primero que sacamos fue el de Pedro Infante –respondió sin titubear.
Pedro Infante, el cantante y actor mexicano, que hasta ese momento había grabado más de 350 canciones y actuado en 60 películas, murió calcinado, junto a otras cinco personas, en el patio de la casa de Rubén Canto. Ese día, su vida y la de sus vecinos de la colonia centro cambió por completo cuando las casitas de techo de guano se redujeron a cenizas, el olor a turbosina penetró en el aire y cientos de personas, entre reporteros, curiosos, militares y vecinos llegaban por doquier. Ese día murió el cine de oro mexicano, y con él, una época.
Pedro Infante y los viejos recuerdos del centro de Mérida
La Socorrito parece una guarida en el tiempo. Es una tienda en una esquina, con un par de refrigeradores, comida chatarra, pan y enseres para la cocina. Todavía, como en los años cincuenta, la tienda vende carbón, frutas y verduras, aunque ya dejó atrás la venta de leña, granos de maíz o frijol para los campesinos que habitaban en el último cuadro del centro.
Sin embargo, su fachada aún conserva el mosaico con la Virgen del Socorro que le da el nombre a la esquina, como se estila en algunos cruces del barrio, donde algún evento histórico, o un detalle en particular sirve como referencia empírica para ubicarse. Por ejemplo, después de La Socorrito sigue la esquina de El Sueño de un Chino, luego Chapultepec y, tras la calle 95 (conocida como La frontera, en el barrio de Santa Rosa), desaparecen los nombres.
Estas esquinas atestiguan el paso de los años en el centro de Mérida, donde las calles, aún estrechas y laberínticas, parecen resistirse al cambio acelerado de la ciudad. De acuerdo con consultoras inmobiliarias, durante los últimos dos años se construyeron más de 9 mil viviendas en la ciudad. El objetivo es dar cabida al 76 por ciento de los migrantes nacionales y extranjeros –huaches y ‘expats’– que demandan vivienda en la península, y que ganan más del promedio de 7 mil 220 pesos que los locales reciben como salario mensual.
El centro histórico yucateco es ejemplo de esto. Ahí, los viejos negocios del primer cuadro se han transformado en un nuevo tipo de desarrollo inmobiliario que combina el uso de suelo residencial con los servicios hoteleros. Tiendas como La Socorrito, con sus historias y recuerdos, han sido desplazadas por boutiques y restaurantes de lujo. Sin embargo, la esquina de La Socorrito es una de esas que aún siguen en pie pese al paso del tiempo.
Alrededor de la casa donde se mató el ídolo, ya no viven los vecinos tradicionales, pura gente de idiomas y hábitos distintos.
“El centro ha cambiado mucho: hay más corredores gastronómicos, hoteles y menos residentes. Muchos nacionales y extranjeros llegan a vivir aquí, compran casas abandonadas, las remodelan y las venden o rentan como ‘Airbnbs’”, dice.
Bajo estas condiciones, que algunos llaman gentrificación, Mauricio Canto y su familia se han convertido en una especie de guardianes de la memoria que, más allá de resistirse al cambio, se resisten a olvidar.
Su trinchera es recordarle a curiosos, vecinos y turistas que en su barrio, en la tienda de sus abuelos, cayó el avión en el que viajaba Pedro Infante. “Es un tema que me apasiona, siento que es mi historia”, dice Mauricio. Y no se equivoca, cada año hacen una misa y un convivio vecinal con música y comida entre murales, estatuas y fotografías que recuerdan al ídolo del cine mexicano.
Un joven guardián quiere perpetuar la memoria de la tragedia en Mérida
En las vísperas de cada 15 de abril, casi religiosamente, Mauricio Canto se prepara para recibir a reporteros, historiadores y cronistas para repetir una historia que ha pasado por generaciones.
“Siento como una obligación de replicar la historia para que más gente la conozca. Si alguien quiere saber más, con gusto lo cuento. De esa manera, trato de dejar un legado para que, cuando ya no esté mi abuelo, mis hijos o nietos sigan replicando esta historia”, dice.
Por eso, cuando lo visité en enero, él se extrañó. “Fuera de abril, la verdad es que todavía no se siente como la época para hablar de Pedro Infante, como si fuera el pino de Navidad en agosto”, dice en broma, mientras me da un recorrido casi automático por el lugar de los hechos y la calle donde aún viven sus abuelos.
Tal vez por esa extrañeza, Mauricio y yo terminamos hablando de cualquier cosa. Por ejemplo, de sus aficiones, su trabajo, sus vecinos. Así me enteré de que es mercadólogo y trabaja en el área de Desarrollo Organizacional del Ayuntamiento.
También, de que le gusta la escritura y de cuando le pidieron que escribiera de un suceso fantástico. “Yo conté que un ovni había aterrizado en mi casa y que el Ejército había rodeado todo”, dice. La historia tenía tantos detalles que desconcertó a sus compañeros. Mauricio terminó explicándoles que realmente se trataba del relato de sus abuelos, y lo que pasó en su casa el 15 de abril de 1957.
“Era un taller terapéutico. La consigna era añadir ficción a un suceso real. Yo soñaba con aviones cayendo, así que lo transformé en una nave espacial. El cuento llamó la atención y generó preguntas”, agrega.
“Al final siempre me terminan diciendo que soy el chavo que habla de Pedro Infante. Hace una semana, por ejemplo, estuve en una fiesta y un comediante me bromeó diciendo: ‘Aquí está el hijo de Pedro Infante’. Obviamente todos se rieron. En redes sociales me etiquetan cuando sale alguna nota sobre Pedro Infante, como esas listas de ‘10 cosas que no sabías sobre él’. Cuando me preguntan si me gusta hablar de todo esto, la verdad, sí me gusta”.
Una historia, sin embargo, también tiene otros puntos de vista, como el de las otras personas que murieron, o los vecinos que no han sanado las heridas de aquel día.
Los vecinos miraron al avión de Pedro Infante intentar retomar el vuelo
Era un avión cuatrimotor de la compañía TAMSA, con la matrícula XA- KUN. Volaba de este a oeste, después de despegar del aeródromo de Yucatán rumbo al Distrito Federal. Pedro Infante era accionista de la empresa y, aunque estaba certificado como piloto, él no piloteaba. Reportaron que el avión llevaba un cargamento de pescado y otros productos yucatecos, como queso de bola, chile habanero y guayaberas.
Al cabo de unos minutos, la aeronave comenzó a hacer maniobras para un aterrizaje de emergencia debido a una falla mecánica, aunque la aerolínea reportó que en realidad el avión no tenía ninguna falla y fue culpa del piloto: al hacer una maniobra, perdió velocidad. Lo cierto es que el piloto, Víctor Manuel Vidal, no logró el aterrizaje y se estrelló en el patio de la tienda La Socorrito, de la familia Canto.
Los vecinos dijeron que por cinco minutos miraron al avión descender e intentando retomar el vuelo. El avión cayó hacia atrás, mientras intentaba subir y alcanzar la altura. El estruendo, relataron los vecinos a la prensa, se escuchó varios kilómetros a la redonda. Después vino un golpe, la lluvia de aceite hirviendo y refacciones retorcidas por el calor incendiaron los techos de las casas contiguas. Los árboles también se quemaron. Las llamas se vieron, prácticamente, en toda la ciudad.
Pedro Infante, Víctor Manuel Vidal y el mecánico Marcial Bautista murieron consumidos por el fuego. Ninguno pudo escapar de la aeronave. La señora Constancia Zapata, vecina de la colonia y entrevistada por El Informador un día después del accidente, dijo que ella vio al cantante y al piloto intentar escapar por una de las ventanas del avión.
A un lado de la tienda, la carpintería donde trabajaba Baltazar Martín, de 15 años, también se incendió. A Baltazar le cayó aceite hirviendo en la cabeza y murió más tarde en el hospital debido a las quemaduras. Ruth Rosell, otra vecina del lugar, también murió consumida en llamas. Testigos consultados por la prensa dijeron que Rosell murió después de que su cuerpo se quemara por diez minutos. “Sufrió tremenda agonía”, reportaron. Estaba en el patio de su casa, a un lado de La Socorrito.
Los primeros en llegar al sitio fueron militares adscritos a la 3a Compañía del 36º Batallón de la Secretaría de la Defensa Nacional. Comenzaron a apagar el incendio con cubos de agua. Después llegaron ambulancias de la Cruz Roja, quienes trasladaron a los muertos y hospitalizaron a un número indeterminado de heridos al entonces Hospital de Mérida.
A las pocas horas, miles comenzaban a llegar a las calles cercanas a La Socorrito. La prensa comenzó a informar que Pedro Infante había muerto. Un día después, el féretro con los restos del ídolo del “cine de oro” fue trasladado al Distrito Federal, y velados en el Teatro Jorge Negrete, otro ídolo de la época que había muerto un par de meses atrás.
La prensa se llenó de esquelas en honor al ídolo y el rostro de Pedro Infante ocupó las primeras planas. Políticos, artistas y figuras públicas manifestaron sus condolencias por distintos medios. Mientras el mundo lloraba a Pedro Infante, a las 4 de la tarde del 16 de abril, unas mil personas acompañaron a la familia del piloto Manuel Vidal para darle el último adiós en el Panteón Florida, en Mérida. Su sepelio lo registró la prensa local en una nota:
“El cuerpo carbonizado del piloto Víctor Manuel M. Vidal, quien pereció trágicamente junto con el actor Pedro Infante, fue sepultado hoy, a las 16:00 horas, en el Panteón Florida de esta ciudad. […] Un largo cortejo acompañó el féretro. Concurrieron centenares de personas, que invadieron todos los sitios del camposanto. Entre los asistentes estuvieron funcionarios de los gobiernos estatal y federal”.
Del resto de los fallecidos, nada. Al año entrante, y después de que por la presión mediática TAMSA reconstruyera las viviendas afectadas por el accidente, en la esquina de la calle 54 con 87, justo a un lado de La Socorrito, los vecinos comenzaron a organizar un acto conmemorativo en honor a Pedro Infante. El evento marcó al barrio y no ha dejado de repetirse hasta el día de hoy. Las familias de las otras víctimas no participan en estos eventos, y TAMSA quebró después de pagar las indemnizaciones.
Las fiestas a Pedro Infante que se realizan en Mérida junto a La Socorrito
Mauricio y yo tomamos el fresco en un parquecito incrustado en medio de la calle. El parque se llama Pedro Infante y fue inaugurado en 2017. Tiene una cancha, un par de bancas, fotografías del cantante y actor, así como estatuas de bronce en las bancas. El parque fue producto de la gestión vecinal, particularmente de su abuelo y su bisabuelo, Luis Canto, quienes aprovecharon la muerte del ídolo del cine para fomentar la unión en su calle. Frente al parque está su casa, tiene una placa con los nombres de las personas que murieron y la fecha exacta —15 de abril de 1957— de cuando un avión se estrelló en su patio. El lugar está referenciado en Google Maps.
Mauricio aprendió la historia gracias a sus abuelos, particularmente su abuela Remigia. Ella, o cualquier otro integrante de su familia, atendía a la prensa que cada 15 de abril preguntaba por el mítico accidente.
“Mi abuelita escribía un diario y a veces le preguntaba más detalles: ‘¿Y qué pasó, qué había en la casa, qué decía el padre [de la comunidad]?’ Ella iba describiendo los detalles, más allá de la historia oficial, y yo, de niño, escuchaba esas historias y las repetía. En la primaria hacía la obra de Pedro Infante, como todo niño en esos tiempos. Mi abuelito, como tradición, guardaba los periódicos. Él aún tiene algunos de aquellos tiempos y los leo una y otra vez”.
Cada 15 de abril, la familia de Mauricio, junto a otros vecinos de la calle, organizan una misa y un acto cultural para conmemorar aquel día. Algunas veces, los descendientes de Pedro Infante llegan al festejo. También llegan políticos y gestores culturales. Mauricio dice que, en realidad, no lo motiva la fama. Y creo que dice la verdad, las actividades que él y su familia impulsan en la calle van más allá de las fotografías. Han hecho talleres de teatro, música y danza, donde los niños pequeños de la colonia interpretan las canciones “Amorcito corazón” o “Yo no fui”, y las películas de Pedro Infante, como Tizoc, Los tres huastecos o A.T.M.
“Cuando piensas en México, piensas en Pedro Infante. Es una parte de la historia”
Este año habrá una misa con el padre de la colonia. Luego, una ofrenda floral a Pedro Infante, la tripulación del avión y vecinos fallecidos. Después, fiesta con mariachi y cantantes locales. El ayuntamiento organizará una carrera atlética de cinco kilómetros, con ruta en forma de corazón que pasará por el parque y la iglesia de Santa Rosa.
“Siento que sus valores siguen presentes en las películas y las canciones que nos dejó. Son valores buenos, como el valor de la familia y la identidad del hombre mexicano. A veces, sí, hay elementos que pueden verse machistas, pero cuando piensas en México, piensas en Pedro Infante. Es una parte de la historia”, dice.
Sin querer, Mauricio habla de aquello que murió con Pedro Infante: una época donde “el inmortal” retrataba las vivencias del campo y la ciudad de los años cincuenta. Los dramas propios de una realidad que pronto se vio superada por la industrialización que llegó con el ‘boom’ petrolero, y la convulsión política del país marcada por protestas estudiantiles, campesinos y obreros que soñaban con construir otro país. Ahora, las películas y canciones de Pedro Infante son archivos de una historia lejana, anacrónica y fugaz.

Mauricio y yo terminamos la plática. Me ofrece un refresco de La Socorrito. Antes de despedirnos, con una sonrisa amable, como salida de otra época, me dice: “Lo que me gusta de esta historia es que es interminable, siempre alguien tiene algo que aportar. Y a mí me gusta eso, porque creo que estas historias familiares se mantienen vivas, aún cuando muchos que lo vivieron ya murieron, pero como dijo Pedro: ‘si vivo cien años, cien años pienso en ti’”.
Y así, en un pequeño rincón de la península, hay alguien dispuesto a contar la historia del día en que Pedro Infante murió en su patio.
GSC/LHM