Dicen que en Navidad todo puede pasar. Que lo imposible se vuelve cotidiano y que la magia encuentra refugio en los lugares menos pensados. Esta semana, al sur de la ciudad de Chihuahua, ocurrió uno de esos episodios que solo se explican en diciembre: Santa Claus abrió la puerta de una casa secreta y concedió una entrevista exclusiva para Jorge TV, en un programa especial conducido por Jorge Pérez y Mario López Ego Chihuahua.
No fue una charla cualquiera. Fue, más bien, un recordatorio de por qué, aun en tiempos difíciles, la Navidad sigue teniendo sentido. Frente a cámaras, el hombre del traje rojo habló sin prisas, con la serenidad de quien lleva siglos cumpliendo la misma misión: repartir ilusión.
Santa regresó a sus orígenes, a San Nicolás de Bari, aquel obispo del siglo IV que entendió que la verdadera riqueza estaba en compartir. De esa historia antigua nació una tradición que cruzó fronteras y generaciones hasta llegar, simbólicamente, a Chihuahua. Porque sí, la Navidad también se vive aquí, entre calles polvorientas, frío decembrino y familias que aún creen en los pequeños milagros.
Uno de los momentos más reveladores fue cuando habló de las cartas. Millones de ellas, escritas con letra temblorosa y sueños grandes. Santa aseguró que ninguna se pierde, que todas se leen. Que detrás del mito hay organización, trabajo en equipo y, sobre todo, respeto por la ilusión infantil. Los duendes —dijo— no solo fabrican juguetes: también cuidan la esperanza.
Y entonces llega la noche del 24. El trineo, los renos, Rodolfo guiando el camino. Una historia conocida, sí, pero que sigue funcionando porque se sostiene en algo simple: la expectativa de dar y recibir con alegría. Las galletas y la leche no son un detalle menor; son el símbolo de la gratitud, de ese intercambio silencioso entre quien cree y quien cumple.
Pero quizá el mensaje más importante de la entrevista fue el final. Santa habló del valor real de los regalos. No del precio, no de la marca, sino de lo que provocan: una sonrisa, un momento compartido, un problema resuelto. En tiempos donde todo parece medirse en números, la Navidad insiste en medirnos por la capacidad de dar.
Desde esa casa secreta al sur de Chihuahua, Santa Claus dejó algo más que palabras navideñas. Dejó una invitación: a volver a lo esencial. A entender que el verdadero espíritu navideño no cabe en una caja, pero sí en un abrazo, en una mesa compartida y en el deseo sincero de que al otro le vaya bien.
Que así sea. Que esta Navidad nos encuentre más humanos, más unidos y un poco más dispuestos a creer.







