Cuatro muertos en Cuauhtémoc… y la violencia sigue siendo rutina
Por: [ eduardo arredondo ]
La noticia llegó como tantas otras: cuatro hombres asesinados a balazos en una vivienda de la colonia Revolución Mexicana, en Cuauhtémoc, Chihuahua. La Fiscalía identificó a tres de ellos. Del cuarto solo hay una vaga descripción física. El resto del comunicado es un refrito de tecnicismos: casquillos calibre .223, necropsia de ley, investigación en curso. Nada nuevo.
Nada que nos diga por qué, para qué o quién sigue.
Y esa, tristemente, es la rutina.
El arranque de octubre dejó ocho homicidios en Chihuahua. Fue el estado más violento del país ese día, por encima incluso de entidades más pobladas como el Estado de México o Guanajuato. ¿Cómo lo logra? Con una fórmula conocida: impunidad, fragmentación criminal y un sistema de seguridad que solo atina a llegar después.
No es solo Cuauhtémoc. Ciudad Juárez también amaneció con un ejecutado, igual que la capital. Pero es Cuauhtémoc, esta ciudad que durante años fue epicentro de luchas territoriales entre grupos del crimen organizado, la que vuelve a dar la nota roja. Y nadie se inmuta demasiado. Ni en la calle, ni en el Congreso, ni en Palacio.
El silencio que mata
La Fiscalía da nombres, edades y ropa. No da contexto. No dice si las víctimas tenían antecedentes, si eran civiles, si se trató de un ajuste de cuentas o de una ejecución al azar. Y uno entiende, en parte, que no puedan especular. Pero el vacío informativo también construye impunidad. Si nadie explica, nadie se indigna. Y si nadie se indigna, todo sigue.
La narrativa oficial —tan técnica, tan limpia— se convierte en una cortina de humo para evitar mirar lo que realmente ocurre: la normalización absoluta de la violencia. No hay sorpresa. No hay seguimiento. A los muertos no los llora nadie en voz alta, salvo sus familias.
Una sociedad anestesiada
Nos estamos acostumbrando a contar cadáveres como quien revisa el clima. Ocho muertos, como si fueran ocho grados. Un multihomicidio, como si fuera una llovizna pasajera. La violencia se volvió paisaje. Y en ese paisaje, la ciudadanía transita con miedo, pero también con resignación.
Los medios, por su parte, oscilan entre la nota roja cruda y la cobertura superficial. En ambos casos, el resultado es el mismo: no hay profundidad. No hay preguntas. Solo titulares.
¿Y el Estado?
No basta con llegar después a levantar cuerpos y recolectar casquillos. El Estado mexicano está ausente en la prevención, lento en la investigación y ausente en la justicia. Mientras tanto, los grupos criminales siguen moviéndose con impunidad y armamento de guerra. El calibre .223 no es de uso civil. Pero ahí está, en cada escena del crimen.
El saldo
Cuatro vidas más que se apagan. Cientos de familias aterradas. Una ciudad más que suma muertes a su historial. Y un país que sigue viendo, sin ver.
Porque la violencia en México ya no nos sacude. Solo nos pasa por encima.







