Crecer sin rumbo: el costo oculto de la expansión urbana en Chihuahua
Por [ eduardo aredondo ]
En Chihuahua, construir una casa puede ser un sueño… o una sentencia. Y no lo digo en sentido figurado: hay miles de viviendas en la ciudad ubicadas en zonas donde una lluvia fuerte puede convertirse en una tragedia. Inundaciones, deslaves, derrumbes. Riesgos reales, cotidianos y, lo más grave: evitables.
Esta semana, Alondra María Martínez Ayón, directora del Instituto de Planeación Integral del Municipio de Chihuahua (IMPLAN), lanzó una advertencia que no deberíamos ignorar. El crecimiento desordenado de la ciudad nos está pasando factura. Miles de familias viven hoy en sitios que, por ley, nunca debieron urbanizarse: cauces de arroyos, pendientes inestables, zonas federales, ductos, vías de tren. ¿Cómo llegamos a esto?
La respuesta es incómoda. Parte de la culpa recae en fraccionamientos irregulares que se han multiplicado sin control. Otra parte, igual de preocupante, recae en desarrollos formalmente aprobados, pero construidos en la periferia sin servicios ni infraestructura. ¿De qué sirve tener casa propia si no hay agua, drenaje, transporte ni seguridad? Y peor aún, ¿qué pasa cuando esa casa está construida sobre un arroyo o al borde de un cerro?
Uno de los ejemplos más claros es Riberas del Sacramento. No solo es una zona de alto riesgo, sino que, además, representa una carga financiera insostenible para el municipio. Según datos del IMPLAN, esta colonia apenas genera el 38% del predial necesario para cubrir lo que cuesta mantenerla en funcionamiento. Es decir, todos pagamos —literalmente— por los errores del pasado.
Lo preocupante es que esto no es nuevo. Desde los años ochenta se han hecho intentos por ordenar el crecimiento de la ciudad, pero el resultado ha sido el mismo: desarrollos desconectados, mal planeados y socialmente vulnerables. Fraccionamientos como Punta Oriente o Vistas Cerro Grande están aislados del resto de la mancha urbana. Entre ellos y el centro hay grandes vacíos que no se han urbanizado, y esos huecos, lejos de ser una oportunidad de desarrollo, se han convertido en espacios para la especulación inmobiliaria.
Frente a este escenario, el municipio ha decidido frenar el caos —al menos en el papel. La reciente séptima actualización del Plan de Desarrollo Urbano busca poner orden al declarar “suelo no programado” a los nuevos desarrollos. La idea es sencilla pero contundente: si no hay servicios básicos, no se puede construir. Punto.
Claro, esta medida puede incomodar a algunos intereses económicos, pero es necesaria si queremos una ciudad sostenible y segura. No podemos seguir expandiéndonos hacia donde no hay forma de vivir dignamente. El crecimiento urbano no puede seguir dependiendo del capricho de promotores o de la necesidad urgente de vivienda, sin reglas claras y sin planeación.
Porque aquí está la verdadera pregunta: ¿queremos una ciudad grande o una ciudad habitable?
Martínez Ayón lo dijo con claridad: construir sobre cerros o cauces ya no puede ser opción. No si aspiramos a una ciudad resiliente frente al cambio climático. No si queremos que el desarrollo urbano deje de ser una amenaza y empiece a ser una promesa.
Hoy, más que nunca, necesitamos un cambio de rumbo. El crecimiento urbano debe dejar de ser un sinónimo de expansión a cualquier costo. Porque el verdadero desarrollo no se mide en metros cuadrados urbanizados, sino en calidad de vida para quienes los habitan.







