Controversial …
> El mundo bajo la estridencia de un perverso
Por: Raúl Sabido.
“El mundo se tambalea al ritmo de un perverso, donde la ambición desmedida ha sustituido la justicia y la codicia se disfraza de liderazgo, arrastrándonos hacia el abismo de nuestra propia extinción.”
La historia de la humanidad:
La historia humana es un espejo que devuelve siempre las mismas sombras, aunque con rostros distintos. Lo que ayer fueron imperios que se levantaron sobre la sangre de pueblos sometidos, hoy son proyectos políticos que, bajo el disfraz de la modernidad, reproducen las mismas lógicas de dominación.
La estridencia del perverso no es un fenómeno nuevo: es la continuidad de una ambición que atraviesa los siglos y que, como en las parábolas cristianas, se encarna en figuras que traicionan la esencia de la convivencia humana.
La gran contradicción:
El sionismo, concebido en el siglo XIX como un movimiento de liberación nacional frente al antisemitismo europeo, representó en su origen la legítima aspiración del pueblo judío a tener un hogar seguro. Sin embargo, la paradoja histórica es evidente: aquello que nació como respuesta a la persecución, hoy se observa en Gaza la maquinaria sionista que le niega al pueblo palestino su derecho a existir. La contradicción entre origen y presente revela la fragilidad de los ideales cuando estos se enfrentan al poder, a la geopolítica y a la codicia de los recursos.,
Crisis de legitimidad y confianza:
La hegemonía estadounidense, que durante décadas se presentó como garante de un orden internacional sustentado en instituciones multilaterales, atraviesa una crisis de legitimidad y confianza. La tentación de la guerra como instrumento de supervivencia política recuerda las figuras bíblicas del Anticristo o de Judas: personajes que, cegados por la ambición, sacrifican lo sagrado por monedas o poder. Así, la política contemporánea parece repetir la metáfora del mal: líderes que, en lugar de construir paz, siembran el caos para sostener su dominio.
El dios de la guerra:
Pero el peligro se intensifica cuando la confrontación se proyecta hacia un escenario de guerra abierta entre Estados Unidos e Israel contra Irán y el mundo árabe. Un estallido de tal magnitud no sería un conflicto regional más: pondría en definición la hegemonía en Medio Oriente y abriría inevitablemente una medición de fuerzas entre las grandes potencias del siglo XXI. Rusia y China, actores estratégicos con intereses en la región, no permanecerían indiferentes, el gas y el petróleo Iraní conjugan los intereses. La guerra se transformaría en un tablero global donde se medirían no solo ejércitos, sino modelos de civilización, economías y visiones del mundo, o lo que pudiera quedar de él.
El Medio Oriente, con su riqueza energética y su valor geopolítico, se convertiría en el epicentro de una catástrofe que podría arrastrar a la humanidad entera. La guerra, como tantas veces, se presentaría bajo el disfraz de la seguridad, pero en realidad respondería a la codicia de recursos y al miedo de perder hegemonía. El precio sería incalculable: millones de vidas, el colapso de economías y la erosión definitiva de la confianza internacional.
Las ambiciones mortales:
La reflexión que se impone es clara: ¿puede la humanidad sobrevivir a la repetición de sus propios errores? La historia nos advierte que la ambición desmedida conduce al colapso de civilizaciones. El gran reto de nuestro tiempo es reconocer las contradicciones, detener la espiral de violencia y construir un liderazgo más humanista, capaz de reconciliar los agravios y de poner la vida por encima de la riqueza.
El mundo hoy, bajo la estridencia de un perverso, es un mundo al borde del abismo. La pregunta no es si el abismo existe, sino si tendremos la sabiduría colectiva para evitar caer en él.
La Riviera de Gaza y el oro negro de Irán:
Los bombardeos sobre la Franja de Gaza no solo han dejado ruinas materiales y cicatrices humanas; han iniciado, en la práctica, una demolición sistemática que parece preludiar un proyecto mayor: la extinción de un pueblo y la transformación de su territorio en un espacio de explotación y lujo.
La idea de una “Riviera de Gaza” , mencionada en discursos y planes estratégicos, revela la intencionalidad de sustituir la memoria de la resistencia palestina por un enclave turístico, un escaparate de modernidad construido sobre los escombros de la tragedia. La violencia, entonces, no es solo un acto bélico: es un acto de urbanismo perverso, donde la guerra se convierte en herramienta de remodelación territorial.
La riqueza de Irán:
En el otro extremo del tablero, Irán se erige como guardián de una riqueza energética que lo convierte en pieza clave de la geopolítica mundial. Sus vastas reservas de petróleo y gas natural son más que recursos: son símbolos de soberanía y poder. La codicia por ese oro negro ha sido, históricamente, el motor de invasiones, sanciones y bloqueos. Hoy, esa riqueza energética es también un escudo y un riesgo: escudo porque otorga a Irán capacidad de negociación y resistencia; riesgo porque lo convierte en objetivo de quienes buscan perpetuar su hegemonía mediante el control de esos recursos estratégicos.
Reflexión con la realidad:
La demolición de Gaza y la codicia por la energía iraní son dos caras de la misma moneda: la instrumentalización de la vida humana y de la tierra como piezas de un ajedrez global. La Riviera de Gaza y el petróleo de Irán son símbolos de cómo la ambición desmedida puede transformar territorios en botín y pueblos en víctimas, incluso a la extinción.
La humanidad se enfrenta, una vez más, a la pregunta esencial: ¿seguiremos repitiendo la historia de la destrucción y la codicia, o seremos capaces de construir un liderazgo más humano, que ponga la vida por encima de la riqueza?
El mundo bajo la estridencia de un perverso nos recuerda que el abismo está abierto. La decisión de no caer en él aún está en nuestras manos.







