Por momentos, la política chihuahuense parece un tablero donde las piezas no se mueven por voluntad propia, sino por inercias, acuerdos tácitos y lealtades que pesan más que cualquier discurso público. En ese tablero, hoy el contraste es evidente: Mayra Chávez y Juan Carlos Loera habitan extremos opuestos del mismo juego.
Mayra está donde hay que estar. No es una frase hecha, es una condición política. Su cercanía con Ariadna Montiel la coloca en una posición privilegiada en el momento justo, cuando las decisiones comienzan a cerrarse y las candidaturas dejan de ser aspiraciones para convertirse en definiciones. No es casualidad, es acumulación.
Del otro lado, Juan Carlos Loera transita el peor de sus momentos políticos recientes. Y, sin embargo, se aferra. Se aferra a ser postulado, a ser considerado, a ser —todavía— protagonista. Respaldado en su momento por Adán Augusto López y en la narrativa local por Javier Corral, Loera parece convencido de que el derecho le asiste por historia, no por circunstancia. Error común en política: creer que el pasado garantiza el futuro.
No es una observación por simpatías. Es simple ubicación de fuerzas.
Los hechos recientes sugieren un entendimiento entre Cruz Pérez Cuéllar y el grupo de Montiel. Traducido al lenguaje no escrito de la política: si Cruz va por la gubernatura, Mayra queda perfilada para la alcaldía de Juárez; si Montiel encabeza el proyecto estatal, Cruz retiene mano en su territorio. No es un acuerdo firmado, pero así opera el poder: con equilibrios.
En ese escenario, Mayra juega con dos cartas reales: Ciudad Juárez o la gubernatura. Ambas viables bajo condiciones específicas. Y hay un dato que no debe perderse: ni Montiel ni su grupo son de los que se bajan por insinuaciones. La disciplina existe, pero también la terquedad estratégica.
El caso de Loera es distinto. Su apuesta depende de un solo hilo: que el grupo político al que pertenece —identificado localmente como “La Barredora”— logre capturar el paquete completo. Gubernatura y Juárez. Es posible, sí. Probable, no.
Porque en política hay una regla no escrita pero infalible: nadie se queda con todo sin pagar costos. Y repartir es, muchas veces, la única forma de sostener el poder.
Aun en el escenario más favorable para Loera, surge la pregunta incómoda: si la candidatura a gobernador recae en Cruz o en Montiel, ¿realmente le respetarían la posición para competir por la alcaldía? Difícil. En esa ecuación, Mayra vuelve a aparecer con ventaja. Y en la lógica de Adán Augusto López, sacrificar a un perfil alineado con Montiel por Loera no parece una decisión racional.
Hay memoria, además. Hace seis años, Loera se impuso en un proceso interno que muchos atribuyen a la operación política de Montiel. Hoy, la misma operadora juega en sentido contrario. Así es la política: no hay deudas eternas, sólo correlaciones vigentes.
Es lo que hay.
Patética la escena de algunos legisladores convertidos en “solivinos”, atentos al menor gesto del poder central, compitiendo por demostrar lealtad a Andrés Manuel López Obrador. La política como reflejo condicionado.
En medio del ruido, el diputado Cuauhtémoc Estrada lanzó una verdad incómoda: 41 mil pesos no resuelven la inseguridad. Tiene razón. Tampoco resuelven un país atravesado por la violencia que no se contiene con discursos de “abrazos”.
Pero la hipocresía es transversal. Se aporta no para resolver, sino para quedar bien. Para pertenecer. Para no desentonar en el coro oficial.
En otra esquina, circula la versión de que Gilberto Loya podría competir por la gubernatura. Argumentos hay: estructura en construcción, respaldo externo, presencia territorial. ¿Alcanza? Está por verse. En política, las sorpresas existen, pero no son gratuitas.
Y mientras tanto, Rafael Loera se calienta solo. Ambición sin timing suele terminar en desgaste. Promocionarse desde el cargo rara vez sustituye la construcción real de poder. Menos cuando se olvida que el territorio no es sólo la capital.
Finalmente, Alejandro Moreno lanza nombres para Chihuahua: Alejandro Domínguez y Tony Meléndez. Más que una estrategia, parece un acto de resistencia simbólica. El PRI juega a no desaparecer, aunque el terreno le sea cada vez más adverso.
Así está el tablero: unos en ascenso, otros en resistencia y varios más atrapados en la ilusión de que querer es suficiente.
No lo es.








