Chihuahua, el que no queremos ver eduardo arredondo
Hay días en los que las cifras dejan de ser números y se convierten en una advertencia. El martes, Chihuahua volvió a aparecer en la lista que nadie quiere encabezar: seis homicidios en una sola jornada, empatado con Jalisco y solo por debajo de Guerrero. No es una estadística aislada, es un reflejo de un problema que se normaliza a fuerza de repetirse.
El informe diario de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana reportó 57 asesinatos en el país ese día, muy por encima del promedio mensual. Y ahí estaba Chihuahua, una vez más, entre los estados con más víctimas. El dato duele más cuando se entiende que detrás de cada número hay una familia rota y una historia truncada.
La violencia ya no distingue escenarios. Puede surgir de un intento de “levantón” o de algo tan cotidiano como un cajón de estacionamiento. En Plaza Platinum 614, una discusión absurda escaló hasta convertirse en una balacera que dejó dos personas heridas. Un espacio comercial, una tarde cualquiera, y de pronto las armas decidiendo quién vive y quién no.
En Jardines de Oriente, la escena fue todavía más cruda. Un hombre apodado “El Güero” intentó escapar de quienes buscaban privarlo de la libertad. Bajó de la camioneta, corrió, creyó que podía salvarse. No pudo. Más de quince disparos terminaron con su vida en plena calle, mientras la ciudad seguía su curso, como si ya nada sorprendiera.
Ese es el Chihuahua que no queremos ver, pero que aparece una y otra vez en los reportes oficiales y en las calles. El que se acostumbra a los acordonamientos, a los operativos, a los comunicados de la Fiscalía. El que convive con la violencia hasta volverla paisaje.
Porque cuando matar deja de escandalizar y pasa a ser parte del día a día, el verdadero daño ya no está solo en las cifras, sino en la indiferencia que se instala poco a poco.







