eduardo arredondo Chihuahua: desaparecer no es delito, es rutina
En Chihuahua ya no se desaparece por accidente. Se desaparece porque se puede. Porque nadie estorba, nadie responde y nadie paga. Los primeros días de 2026 dejaron claro que el Estado perdió el control —si es que alguna vez lo tuvo— de regiones enteras como Aldama, Ojinaga y Casas Grandes. Ahí, la vida humana es prescindible y la autoridad, decorativa.
Diez días. Diez desapariciones. Y no es un pico, es una constante. Jóvenes, adultos, mujeres y hombres arrancados de sus casas o del camino, mientras la Fiscalía imprime fichas como si fueran actas de resignación. Nombre, estatura, tatuajes, ropa. El formato ya está listo antes de que la gente desaparezca.
El secuestro y asesinato de los hermanos Soto Núñez no fue una tragedia: fue una exhibición. Un comando armado entra a un domicilio, se lleva a tres personas y días después aparecen ejecutadas a la orilla de una carretera de cuota. No hubo persecuciones, no hubo detenciones, no hubo consecuencias. Fue una demostración de poder, y el mensaje fue directo: aquí mandamos nosotros.
Las carreteras confirman lo mismo. El tramo Aldama–Ojinaga volvió a ser sembrado con ponchallantas. Más de diez vehículos dañados, camiones de pasajeros incluidos. Familias atrapadas, choferes aterrados, viajeros convertidos en blancos fáciles. Y como siempre, nadie vio nada, nadie sabe dónde fue, nadie responde. El camino también está tomado.
Hablar de “zonas complicadas” ya es una burla. No son zonas complicadas, son territorios abandonados. Municipios donde la ley no entra, donde el crimen decide quién pasa, quién se queda y quién desaparece. Y mientras tanto, las autoridades administran el horror con comunicados tibios y conferencias estériles.
En Chihuahua ya no se gobierna: se reacciona tarde. Se llega después del levantón, después del asesinato, después del miedo. La violencia no avanza, se asienta. Se queda. Se vuelve paisaje.
Este enero no abrió el año: abrió la fosa. Y si nada cambia, las listas de desaparecidos seguirán creciendo, mientras el silencio oficial sigue siendo el cómplice más fiel del crimen.







