El dedazo embarrado de lodo
Por Eduardo Arredondo
En Morena dicen que no son iguales. Pero cada vez que Adán Augusto López Hernández abre la boca, se empeña en demostrar lo contrario. Esta semana decidió repartir candidaturas como si todavía mandara, anunciando —sin proceso, sin estatutos y sin vergüenza— que Andrea Chávez será candidata y gobernadora en 2027. El problema no es solo el dedazo. Es quién lo hace y desde dónde lo hace.
Martín Chaparro lo dijo sin rodeos: Adán Augusto pretende hacer política por dedazo. Y el señalamiento no cae en saco roto. Resulta francamente cínico que quien hoy quiere erigirse como gran elector sea el mismo personaje señalado por “La Barredora”, un nombre que no debería pasar desapercibido en ningún análisis serio del poder morenista.
Porque cuando alguien es mencionado en investigaciones, filtraciones y señalamientos que orbitan alrededor del uso faccioso del poder, lo mínimo que debería hacer es guardar silencio, no repartir futurismos políticos como si nada hubiera pasado.
Adán Augusto ya no es lo que fue. Perdió la coordinación del Senado, perdió margen, perdió operadores. Lo que no perdió fue la costumbre de creer que Morena es suyo. Que puede decidir candidaturas desde una mesa, ignorando a la militancia y burlándose de los estatutos que dice defender cuando le conviene.
El dedazo, además, llega manchado. No solo por el autoritarismo que implica, sino por el contexto del personaje que lo ejecuta. Un dedazo señalado, cuestionado y políticamente debilitado no es liderazgo; es desesperación.
Morena debería tomar nota. Porque permitir que figuras desgastadas, bajo sospecha y con poder menguado sigan marcando agenda, solo confirma lo que muchos ya piensan: que la supuesta transformación se queda corta cuando el poder huele a viejo… y a sucio.
Al final, el mensaje es claro: el dedazo no murió.
Solo ahora viene acompañado de escándalo.
Eduardo Arredondo







