El pequeño emperador azul Eduardo arredondo
En Chihuahua todos lo saben, pero pocos se atreven a decirlo en voz alta: la pugna entre la gobernadora María Eugenia Campos y el alcalde Marco Bonilla dejó hace mucho de ser un “malentendido político” para convertirse en un choque frontal de ambiciones. Y no cualquier ambición, sino esa que se cocina antes de tiempo, que se sirve fría y que termina sabiendo a traición.
Porque si algo ha caracterizado a Bonilla no es precisamente el talento, ni el carisma, ni la visión. Su sello personal ha sido otro: ir escalando a hombros de quien se deje… para luego soltarlo cuando ya no le sirve. Sus críticos dentro del PAN lo cuentan sin rodeos: primero fue Roberto Lara, luego Maru Campos. Y que nadie se engañe: cada ruptura tuvo la misma raíz, el mismo método, la misma sombra.
El primer padrino, la primera puñalada
La historia de Bonilla sin Roberto Lara sería, simplemente, la historia de un desconocido más. Fue el Pony quien lo impulsó, quien le consiguió oportunidades, quien lo metió a Conagua, quien incluso lo arropó en su despacho privado cuando Bonilla, otra vez, quedó fuera de la nómina pública.
Pero llegó 2021 y, con él, el momento en que los compromisos pesan más que la gratitud. Mientras Lara preparaba su candidatura a la alcaldía, Bonilla preparaba otra cosa: el terreno para clavarle la traición. Y la operación, dicen quienes la vivieron, tuvo de todo: manipulación del padrón, intervención nacional, y una mano invisible moviendo hilos desde la oficina de la entonces alcaldesa Campos. Resultado: Lara quedó fuera y Bonilla se quedó con la candidatura.
El primer padrino cayó.
El segundo padrinazgo, el segundo sobresalto
A Maru Campos tampoco la conoció Bonilla por iluminación divina. Ella también lo cobijó, lo ascendió, lo llevó de asesor a operador, de operador a coordinador de campaña, de ahí a director municipal, y finalmente lo levantó como su carta para continuar el proyecto panista en la capital.
Pero ya en la silla, algo cambió. El muchacho que cargaba carpetas empezó a verse en el espejo y a imaginarse con banda de gobernador. Y, como suele ocurrirle, confundió crecer políticamente con creerse imprescindible.
Mientras Maru lidiaba con su propia tormenta nacional, Bonilla empezó a trabajar la suya: reuniones discretas, operadores moviendo piezas, medios recibiendo órdenes de inflar su nombre. “Que hablen de mí, no de ella”, cuentan que decía. El viejo guion, con un nuevo protagonista, pero con la misma trama.
La soberbia como brújula
El episodio de las caravanas, donde Bonilla adelantó los tiempos electorales sin recato, fue apenas el síntoma visible de un problema más profundo: la soberbia de quien ya no reconoce límites ni jerarquías.
Y luego vino esa frase, lanzada como quien manda un mensaje cifrado pero que todos entienden:
“Este es momento de unirnos, no de dividirnos.”
La pedrada no cayó lejos. Era para la gobernadora. Para su jefa política. Para quien lo llevó a donde está.
No deja de ser curioso: quienes más le han dado, hoy son a quienes más desprecia. Y quienes lo conocen de cerca dicen que esto apenas comienza.
El próximo capítulo
En política, los tiempos siempre encuentran forma de ajustarse. Y aunque hoy Bonilla se siente intocable, dueño del PAN municipal y coronado por un gabinete que le celebra los desplantes, la verdad es menos glamorosa: su lista de enemigos crece más rápido que su lista de logros.
Si Chihuahua llega a tenerlo como candidato —o peor aún, como gobernador—, será porque la memoria del panismo se volvió corta… o porque su capacidad de intriga superó otra vez a su capacidad de gobernar.
Para entender al personaje basta ver su historial: donde pone la mano, se rompe la alianza; donde pone la sonrisa, se afila el cuchillo; donde pone la lealtad, nace la traición.
Y quizá por eso hoy muchos en el PAN repiten la misma frase, mitad advertencia, mitad lamento:
“Bonilla no suma: Bonilla cobra.”







